Marco Rubio tiene un problema con su imagen. Otrora campeón de la libertad en Cuba y Venezuela, aparece hoy enredado con los compromisos del «MegaAcuerdo» y con Delcy. Pero no es víctima inocente, capturada en los engranajes del poder. Con él se asocian los nombres de Mauricio Claver Carone y Alejandro Betancourt, involucrados en el acuerdo de marras, y con la contratación fastuosa de Centerview Partners para conducir la reestructuración de la gigantesca deuda externa venezolana. Rubio aspira a ser el candidato de su partido para las elecciones presidenciales de 2028. Para ello, su base de apoyo inicial sigue siendo el voto latino. Mantener la credibilidad de su plan de estabilización, recuperación y transición democrática en Venezuela ―dentro del marco de las extravagancias de su jefe― es caminar sobre una cuerda floja, bajo riesgo de caer de manera fulminante. Es un político avezado y apuesta al desenvolvimiento favorable, bajo presión dosificada del poderío gringo, de la mesa de diálogo entre los equipos de Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera. Pero mientras no se termine de liberar a todos los presos políticos, sanear el TSJ y el CNE, y fijar una fecha concreta y próxima para las elecciones, su imagen puede desinflarse. Tampoco critica los atropellos de ICE contra la población latina.

  • Extracto del artículo «En busca de la identidad (¿y la dignidad?) perdida».