Se cumplen tres meses desde el 24 de junio, día de San Juan, día del doble sismo que dejó ―oficialmente― 6 mil quinientos muertos, más o menos el mismo número de rescatados por familiares, vecinos y rescatistas nacionales e internacionales (de más de 30 países) y casi 20 mil damnificados.

En Caracas y en La Guaira no hay un solo habitante que no pueda hablar de un familiar, un amigo o un conocido muerto, rescatado, herido o aún damnificado. Pero el día de San Juan ya dejó de ser el tema. Ya concluyó el tiempo de la espera por la aparición de un cadáver, enterrarlo o cremarlo.

Los temas ahora en Venezuela son:

En los medios

El acuerdo petrolero EEUU/Venezuela; las negociaciones de gobierno y oposición en la Mesa, promovida por EEUU; las elecciones de mid-term en EEUU. Recuerden que desde el 3 de enero de 2026 Venezuela es un protectorado de Estados Unidos.

En la calle

No hay cambio alguno en la población en materia de sueldos y salarios, inflación, cortes de luz y —por tanto— de agua. Todo agravado por el terremoto porque, aunque ya no hablemos de ello en público, hay miles de personas sin vivienda y estudiantes sin sedes, todos esperando reubicación.

No quiero hablar de cómo he vivido esto el día del doble sismo y desde ese 24J. Otros lo harán mejor. Más bien quiero hablar de la pregunta que me hago desde que tengo 18 años, o sea, desde que me hice lectora: ¿por qué, sabiendo que somos mortales, con cada caída nos levantamos y volvemos a recomenzar la rutina que tuvimos que suspender (por el bombardeo, el sunami, el terremoto, la guerra) como si eso no hubiera sucedido o, incluso, no estuviera sucediendo?

Si soy psicoanalista es porque, cuando estudiaba Letras en la UCV, descubrí a Freud (con Tótem y Tabú) y aunque no me afilié al psicoanálisis entonces, encontré una respuesta a esa pregunta de alguien que, naciendo judío, nunca fue un creyente, que más bien se definió ateo desde el punto de vista religioso. Una religión, toda religión, sostiene la ilusión de otro mundo en el que sí viviremos para siempre… si es que nos hemos portado bien sobre la Tierra.

El ser humano ha prevalecido sobre otras especies animales porque, en poder de un lenguaje que le permite hacer grupo con sus iguales, puede pensar y darse una compensación imaginaria al hecho real de que no somos inmortales. De manera que toda calamidad puede verse como una prueba más para acceder a esa otra vida eterna.

Por eso, los ateos debemos respetar más que nadie a un creyente: porque esa ilusión los salva de una desesperación y desesperanza mayor, cosa que a todos nos conviene.