Asisto a un webinar sobre la relación entre la sociedad venezolana y elpetróleo. Con abundante material e información, el expositor contó la historia del país desde los tiempos de Gómez hasta finales del siglo pasado, y enumeró los avances que se fueron sucediendo en la industria de los hidrocarburos hasta que el chavismo ganó las elecciones en 1998 y se acabó lo que fue en su momento la tercera o la quinta o la novena mayor y más rentable petrolera del mundo. Historia conocida y probada para el que la quiera conocer. Historia escondida por el régimen, como tantas otras evidencias de destrucción que se le han achacado a las sanciones, al imperio del norte, a las iguanas o a los escuálidos.
En algún momento del conversatorio sale a relucir el tema que siempre está por ahí, en el subsuelo inmediato de cada quien: cuándo fue que se malogró el país. Alguien menciona que Venezuela y la PDVSA azul comenzaron su camino cuesta abajo durante el gobierno de Luis Herrera; otro pone la fecha a finales de los años 70. Finalmente, sale a relucir aquella frase de Manuel Peñalver, para la época secretario general de Acción Democrática, cuando declaró a la prensa en 1987 el famoso «los venezolanos no somos suizos» como argumento de fondo para resistirse a las propuestas de modernización política generadas por la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) y al mismo tiempo justificar la estructura tradicional centralizadora, interventora y castradora de los gobiernos tradicionales en esta parte del continente americano. O sea, que la cultura colectiva de la sociedad criolla no podía aspirar a ser gobernada como si fuera helvética o nórdica o anglosajona o germana porque no llenaba las condiciones necesarias (creencias, valores, motivaciones) para darse ese lujo.
Mucha gente criticó y se revolvió ante las palabras de Peñalver, pero unos pocos años más tarde, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez II, el intento de implantar un sistema político y económico más parecido al mundo desarrollado, y en línea con varias recomendaciones de la COPRE, resultó en un amplio rechazo popular ―a todos los niveles y estratos―, el saqueo del 27 de febrero del 89, dos golpes militares, la destitución del presidente Pérez mediante una serie de artimañas y chapuzas ―nada suizas, por cierto― y, eventualmente, en el triunfo en las elecciones de 1998 de quien encarnaba, para el momento, las virtudes más admiradas por el soberano: el líder fuerte, militar, demagogo y populista.
Le realidad es terca. La cultura de la gente es de verdad, no un tema exótico para las conversaciones de café o de whisky. Lo que la gente cree, el software que guía sus decisiones y sus juicios, tiene capas de maduración y refuerzo social y nadie va a venir a cambiarlo con discursitos y reglas nuevas. Los modelos más sofisticados y modernos, esos que llevan a la prosperidad y a la armonía social, no tienen nada que aportar en un entorno cultural que los rechaza, o que rechaza el cambio que tiene que darse en la idiosincrasia para que la nueva forma de hacer las cosas sea posible.
No somos suizos. Y será muy difícil que lleguemos a serlo. Quizás ni es deseable que lo seamos, porque el camino a la cultura cantonal sería muy largo y culebrero. Podríamos, eso sí, aspirar a ser mejores venezolanos, pero siempre que conozcamos cómo somos, sin eufemismos ni falsos atributos, y tomemos en serio el frenazo que una cultura caudillista y afiliativa va a ejercer sobre cualquier intento de desarrollo. Hay gente que ha investigado ese tema y tiene propuestas y proyectos interesantes, como los que adelantó el Laboratorio de Psicología Social de la ULA en Mérida y Ciudad Guayana en los años 90.
Cuentan que George Gershwin, el brillante compositor norteamericano, le pidió consejos y enseñanza al francés Maurice Ravel, famoso autor de El Bolero. Ravel, en un arranque de ingenio, le contestó: «¿Para qué ser un Ravel de segunda cuando puedes ser un Gershwin de primera?»” Ahí queda eso.







