Mi primer recuerdo de mar sucede en La Guaira, con el Caribe de fondo y las playas entre montañas. A pesar de que nací en Tenerife, una isla, y que a mis cumplidos dos años de edad emigré por barco a Venezuela, con mi mamá y mi hermano, no tengo memoria de ese viaje ni de atravesar el Atlántico. Apenas he visto unas fotos mías en la cubierta del Lucania (así se llamaba el barco, creo) jugando con el gato de a bordo. El mar era un telón del que no guardo imágenes.

No tengo muy claro en qué sitio fue ese recuerdo del primer mar. Puede haber sido en Naiguatá, donde mi papá alquilaba una casita en vacaciones y nos bañábamos en lo que hoy es Puerto Azul (Playa Azul la llamaban entonces los locales), o tan simple como en el viaje en carro por la vía de la costa desde que uno llegaba a Maiquetía por la carretera vieja y entrompaba hacia el este, con la cordillera a la derecha y las olas hacia el otro lado. No conservo la sensación de sorpresa y encantamiento que he escuchado de otra gente cuando vieron el mar por primera vez; quizás porque ya traía en el disco duro la imagen de mucha agua junta desde la baranda del Lucania.

Mi viejo tenía una gran afición por todo lo marino. Había pasado su infancia en faros remotos en las costas de las islas Canarias ―mi abuelo era torrero, o guardafaros que también los llamaban―, pero en lugar de aborrecer su niñez de soledad frente al desierto y al océano canario se enamoró del oleaje, del olor a agua salada y de ese movimiento que nunca se detiene, que distrae y arrulla. Llegado y establecido en Caracas, con un empleo y una familia que sostener ―y entretener―, las vacaciones de todos los años eran a la playa. Al litoral que quedaba ahí, a tiro de piedra, a media hora de la ciudad.

Yo, de pequeño, le tenía miedo al mar. Miedo de verdad. No era el lógico respeto que debe guardarse, porque el mar no es una bañera sino un sitio donde hay que estar atento y tiene sus peligros. No; aquí hablo de pavor a meterme en un charco tan grande, con olas que echan espuma y un horizonte hasta donde llega la vista. Es cierto que el miedo se despertaba con cualquier espacio lleno de agua donde no tocara fondo o, para ser más preciso, donde el líquido me llegara más arriba de las rodillas, como una piscina profunda o una poza en un río. Pero el miedo al mar era especial; era grande, infinito.

PEPE EL MAGNÍFICO

La memoria me lleva a Arrecifes, ahí mismito de Maiquetía, cerca de donde estaba (o estaría) la planta Tacoa. Una playa suave, poco profunda y con un oleaje divertido pero sin mayores sacudidas. Una bahía para novatos y desconfiados, de los que se quedan cerca de la orilla para sentir la corriente pero con los pies firmes en el suelo, arañando la arena. Suficiente riesgo, pensaría yo, para mi gusto de entonces, que no terminaba de entender el empeño de mi viejo en agarrar para la playa cada vez que había una fecha libre y soleada.

Ese día, además de la familia, se había venido con nosotros el gran Pepe, un amigo de mi papá que había navegado desde Canarias a Venezuela, con 8 compinches, en un velerito que hacía agua y que no se hundió porque el Altísimo estaba pendiente. Pepe era de esa gente que no se amedrentaba con nada ni le hacía ascos a lo que le trajera la vida, y por supuesto le molestaba que yo, un niño con toda la vida por delante, le tuviera miedo a algo tan trivial, tan cotidiano ―para él― como meterse en el mar. Había ensayado todos los trucos y trampas para quitarme el susto, pero nada. Yo seguía con mi prudencia y el agua por debajo de las rodillas. Hasta que esa vez, en la playa de Arrecifes, se le iluminó la mollera y me dijo “te doy un bolívar si te metes en el agua”. Palabras mágicas. Ante la fortuna que representaba un bolívar para un chamo de 5 años en 1955, no lo pensé más y me zumbé al mar. A los pocos minutos me di cuenta de que aquello de brincar las olas y mojarse era sabrosón y estuve no sé cuánto tiempo disfrutando el primer baño de playa de mi corta vida. Tanto tiempo estuve que mis padres se asustaron creyendo que me había pasado algo, hasta que salí, triunfante y libre de angustias, a recoger la recompensa de manos de mi héroe Pepe El Magnífico, a quien le quedé agradecido de por vida.

Aprendí a nadar unos meses más tarde, en Los Caracas, otro sitio familiar de vacaciones. Estaba en la piscina de agua salada y de repente se me ocurrió hacer algo con los brazos, como unos aleteos que ―para mi sorpresa― me movieron el cuerpo hacia adelante. Varias brazadas más y ya había recorrido unos 5 metros. Aleluya y para siempre. Hasta el sol de hoy, nada ni nadie (ni algún susto marino que he pasado y ni siquiera Spielberg con su Tiburón de celuloide) me ha quitado el placer de meterme en el mar a darme un chapuzón, a correr las olas o simplemente a flotar como una boya.

También aprendí a pescar (aprender es un decir) en algún sitio del litoral de La Guaira, sentado en un muellecito y tirando un nylon al agua con un anzuelo que llevaba un trozo de camarón. Sacaba unas sardinas pequeñas (creo que la gente del lugar los llamaba chicharros) y casi siempre las devolvía al agua; una vez se me ocurrió llevárselas a mi mamá para cocinarlas, y luego de quitarles la piel y las tripas, echarlas en la sartén y terminar comiendo unos pocos gramos de filete, me dieron a entender que mi pesca no era muy bienvenida en la casa. De ahí en adelante, los chicharros de regreso al mar.

Con la sentada en el muelle y la vigilancia al sedal, viendo el agua y sin pensar en más nada, pendiente del templón en el cordel, venía una sensación de tranquilidad, de paz, que podía durarme todo el día, hasta después de levantarme con mi tobo vacío y zambullirme a practicar unas brazadas o a flotar viendo el cielo. Me estaba gustando mucho ese mar Caribe, tranquilo a veces, picado en los días de viento, pero siempre tibio, tropical, parecido al hogar.

Después de convertirme en un nadador más o menos decente, correr olas era la diversión. Surfing sin tabla, o body surfing que le dicen en el Norte. Podía pasarme horas, si el tiempo era bueno y las olas decentes (ni muy revolcadas ni muy suaves), llegando a la orilla con los brazos al frente ―o hacia atrás, cuando era más ducho― parándome en la arena y a nadar para atrás a esperar la siguiente ola que me devolviera de nuevo. Había una sensación de soltura y satisfacción al agarrar la ola en el momento preciso. Como ser parte del mar.

CON HAMBRE Y EL CUERO ARDIENDO

Cuando uno entraba en la adolescencia, los viajes con la familia se volvían menos frecuentes. La vida se trataba de buscar a los panas, conseguir un carro, meter el traje de baño en una toalla y pa’ la playa. A las bahías públicas de la época, Playa Grande, Pantaleta, Macuto, Naiguatá y, si nos dábamos de aventureros, Todasana, La Sabana y Chuspa, y de repente hasta entrar por la costa de Vargas para terminar en Higuerote. De una de esas excursiones recuerdo cuando casi acabé con la vida útil de un Hillman Imp, mi carrito de estudiante, haciendo el viaje por una carretera infame, llena de curvas, huecos y piedras, para llegar a Oricao, una ensenada bellísima con una cueva en la orilla donde entraban las olas.

Llegaron los días de ser adultos, con profesión y trabajo, y los viajes al litoral se volvieron un poco más elegantes, de maleta de mano en lugar de toalla y cédula. Un par de días en el Sheraton o en el Meliá de Caraballeda, y parada de regreso ―con hambre y el cuero ardiendo― en el marmitako, la sopa exquisita del Portón de Timotes, o en la Tomaselli por una pizza y helados a la carta. Cursos corporativos y extramuros gerenciales se alojaban en alguno de los dos hoteles, piscina y baño de mar incluidos. Venezuela era una democracia, el ascenso social seguía siendo posible y Caraballeda parecía un sitio de primer mundo. Más allá, hacia Naiguatá y Los Caracas, la carretera seguía y crecían los edificios de vacaciones. En el otro sentido, hacia el oeste, se agrandaban Playa Grande, Catia la Mar y Chichiriviche.

Todo llegó a un alto con el deslave del 15 de diciembre de 1999. Se acabaron las vacaciones, los hoteles, las playas, la Tomaselli, el marmitako y el primer mundo. La lluvia que cayó por un mes seguido arañó las montañas y se trajo el barro para la costa, arrasando con lo que encontraba a su paso y tumbando casas, edificios y lo que estaba adentro. El mar se pintó de marrón. Mucha gente murió arrastrada por el derrumbe que venía de lo alto de la cordillera y se desbordaba hacia abajo, por las quebradas y los ríos. Mucha más gente perdió su casa, sus enseres, sus corotos. Todo.

Había un gobierno que se había elegido apenas un año antes y se estrenó en febrero del 99, con Hugo Chávez como presidente. El día del deslave estaban convocadas elecciones para aprobar una nueva Constitución que reemplazaría la carta magna vigente desde 1961. Las elecciones se mantuvieron, a pesar de la tragedia, y la Constitución se aprobó. Chávez rechazó ofrecimientos de ayuda internacional para el auxilio a los damnificados y la reconstrucción de carreteras, y el número de muertos nunca se supo: entre mil y 30 mil está la cifra, según sean los números oficiales o los estimados de las ONG.

Regresé al litoral unos meses después del deslave, a ver qué había quedado en pie y a darle un vistazo al mini estudio que teníamos en Camurí Grande. Fuimos en un 4x4 prestado, pasamos sobre montañas de barro y puentes improvisados, vimos cómo las playas se habían agrandado 200 y 300 metros mar adentro y nos percatamos del tamaño colosal del desastre. Algo así no pasaba desde principios de los años 50, cuando una lluvia prolongada dejó un rastro similar en un territorio mucho más despoblado y menos expuesto.

Vargas se recuperó, o una buena parte lo hizo. El Sheraton y el Meliá soportaron el deslave sin mayores daños pero quedaron estatizados y cerrados; una especie de venganza contra Caraballeda del chavismo resentido. Muchos negocios cerraron para siempre y otros volvieron a abrir o tomaron el lugar de los que se fueron. Poco a poco se fue reconstruyendo lo que había hasta que llegó un momento, 3 o 4 años después, en el que uno podía hacer el viaje desde Caracas, bajar a la playa, mirar el mar y tener un aire de que lo peor había pasado y el Caribe de La Guaira volvería a ser lo que era. Casi se borraba de la memoria el agua marrón y el barro que llegó a ocuparlo todo.

Bajé por última vez en 2005, poco antes de mudarme a Monterrey, México. Me di un chapuzón en playa Pantaleta y llegué a tiempo de meterme un almuerzo-cena, con birras y a la orilla del agua, en El Rey del Pescado Frito, probablemente el decano de la comida de mar en el litoral. Después de esa fecha la construcción en Vargas se disparó. El gobierno construyó en 2012 y 2013 una cantidad de edificios para su mentada Misión Vivienda y los privados llenaron el resto de los espacios vacantes levantando torres de apartamentos, muchos de ellos con piscina y comodidades de playa.

LA FURIA DE LA NATURALEZA

Viviendo en el noreste de la república mexicana, a seis horas en carro del Golfo de México ―donde queda la playa más cercana― no es de extrañar la nostalgia por las montañas, las bahías y el agua tibia todo el año. Los recuerdos se amontonan y construyen un sitio de buenas vibras, donde siempre había algo de qué alegrarse y cualquier cosa arreglaba el día. Una imagen que duró hasta que dos terremotos brutales destruyeron buena parte de lo que había en esa costa tropical, con una violencia que no se había sentido en más de un siglo.

Me asombró la furia de la naturaleza, y cada imagen de destrucción terminaba borrando recuerdos. Al final, como haciendo fila, se presentó la tristeza. Una tristeza que se mezcló con rabia cuando, al lado de la reacción solidaria de la gente para salvar a sus semejantes, salió a la luz el desgano de quienes estaban obligados a ayudar y en su lugar, entorpecieron. Los que llegaron tarde y mal. El mismo régimen que en 1999 rechazó la ayuda cuando el deslave, veintisiete años más tarde repitió la receta y se desentendió de sus deberes.

La Guaira saldrá adelante, algún día, cuando se vayan los que ahora mandan. No sé si los buenos recuerdos regresen, después de ver tanta ruina y tantos edificios convertidos en escombros. Espero que haya tiempo. Tiempo para reconstruir lo que se cayó y tiempo para que vuelva la memoria del mar de La Guaira.