Hay un lápiz. Un lápiz corriente, de madera clara, con la punta gastada por el uso de días enteros. Está sobre una hoja de papel cuadriculado. La hoja está en blanco. La mujer que sostiene el lápiz tiene treinta y siete años, se llama Ana Mercedes Pérez y está a punto de escribir la primera palabra. Al otro lado del escritorio, un hombre uniformado espera. Acaba de derrocar a un presidente. Tiene la mirada de quien no sabe si lo que hizo fue un acto de heroísmo o una traición, y necesita que alguien se lo diga. La mujer no va a decírselo. Va a preguntarle. Y esa diferencia —la diferencia entre decir y preguntar— es todo.
Medina se retira
Esa escena no ocurrió exactamente así. Nadie la fotografió. No hay película de la entrevista ni grabación que la conserve. Pero ocurrió tantas veces, con tantos oficiales distintos, en tantas oficinas de Caracas donde el aire olía a pólvora y a café recalentado, que puede reconstruirse sin traicionarla. Es la escena que el libro de Ana Mercedes Pérez contiene y no narra. La escena que está en el fondo de cada página, como el rumor del río bajo el puente.
Lo ocurrido el 18 de octubre de 1945, a las once y media de la mañana, un capitán llamado Miguel Nucete Paoli lo contó de otro modo, más seco, como se cuentan las cosas cuando ya no queda nada por decir. Una vez dado el golpe y cerrado el Cuartel de Miraflores, apareció en automóvil el general Medina, acompañado por el edecán capitán Rodolfo León Portillo y el capitán Arenas Revenga, este último de civil. León Portillo se bajó del carro, se acercó hasta el puesto de centinela y le dijo que el general Medina quería hablar con él. Nucete Paoli no dudó. No consultó. No negoció. «Le contesté que se retirara». Cinco palabras. Esa fue toda la conversación entre el presidente derrocado y el oficial que acababa de derrocarlo. No hubo diálogo. No hubo explicaciones. No hubo ese momento de humanidad que a veces se cuela en las guerras como se cuela un rayo de sol por una ventana enrejada. Solo una orden seca, pronunciada por un capitán que ya no necesitaba rendir cuentas a nadie. Medina se retiró. El edecán volvió sobre sus pasos. El automóvil presidencial se alejó por las calles vacías de una ciudad que aún no sabía que había cambiado de dueño. Y Nucete Paoli volvió a su puesto, a esperar lo que viniera. Medina Angarita no volvería a pisar el palacio.
Poco después, Ana Mercedes Pérez se sentó frente a Nucete Paoli y le pidió que repitiera esa frase. El capitán la repitió. La mujer la escribió en su cuaderno. Esa es la escena. Eso es todo. Eso es lo que queda cuando se apaga el ruido de los fusiles y empieza el trabajo lento de la memoria.
El libro se llama La verdad inédita. Historia de la Revolución de Octubre revelada por sus dirigentes militares y políticos. Se publicó en 1947. Consta de unos treinta reportajes. Fue «el primer volumen de reportajes políticos sobre un gran tema nacional hecho por una mujer» en Venezuela, según la reseña de la revista Médanos y Leyendas. Pero casi ningún periodista lo ha leído, a pesar de las muchas claves que contiene para preguntar y escribir con elegancia un buen reportaje a partir de una entrevista.
Ana Mercedes Pérez nació en Puerto Cabello en 1910, hija de José Eugenio Pérez, jurista y diplomático. Usó el seudónimo Claribel para la poesía. Tradujó las memorias de Rafael de Nogales Méndez. Fue agregada cultural en Argentina. Murió en 1994. No dejó discípulos. No fundó escuela. Su nombre «tiende a ligarse más a la política que a la literatura», escribió alguien en 1972. Como si una cosa excluyera la otra. Como si preguntar no fuera también una forma de escribir, y escuchar no fuera también una forma de saber. Dejó un testimonio periodístico-literario: Yo acuso a un muerto, defensa de Ligia Parra Jahn, sobre un sonado crimen pasional de finales de la década de 1940, donde Ligia Parra Jahn, una joven caraqueña, acabó con la vida de su novio. Ana Mercedes Pérez convierte ese caso en una plataforma para reflexionar sobre el honor femenino, la justicia y el rol de la mujer en la Venezuela de mediados del siglo XX.

«El sacrificio de ejercer la libertad»: 18 de octubre de 1945
La Unión Patriótica Militar se fundó a comienzos de 1945, según algunos militares participantes, aunque las fuentes no coinciden en la fecha exacta. El 6 de junio, la organización entró en contacto con Rómulo Betancourt. Cuatro meses después, tomó el poder.
Cuatro meses. Ese es el dato que conviene subrayar. No fue una conspiración de años. Fue una conspiración de meses. Y sin embargo, Betancourt declaró años después, en conversaciones con la propia Ana Mercedes Pérez, recogidas por Óscar Battaglini en El medinismo. Modernización, crisis política y golpe de Estado (p. 216): «A decir verdad, lo sabíamos. Este no fue un movimiento improvisado rápidamente. Había sido planeado por años. Siempre tuvimos confianza en el ejército».
Saber escuchar
Betancourt dice «planeado por años». La UPM se fundó cuatro meses antes. La contradicción puede leerse de dos maneras. La primera, literal: alguien miente o recuerda mal. La segunda, más interesante: Betancourt no habla de la UPM, habla de la larga acumulación de agravios dentro del ejército —la conspiración de sargentos de 1944, el malestar de los oficiales jóvenes, la crisis del medinismo—, y llama «años» a lo que fue una fermentación sin organización. No es una mentira. Es una manera de decir que el golpe tenía causas más profundas que la mañana en que se ejecutó.
No era una discusión únicamente venezolana. Entre 1943 y 1945, América Latina vivió una ola de sublevaciones militares contra gobiernos reformistas que no supieron administrar su transición. El golpe argentino de junio de 1943, la revolución guatemalteca de octubre de 1944 —también con oficiales jóvenes y apoyo civil, también contra un modernizador que se había quedado corto— y el 18 de octubre de 1945 en Caracas pertenecen a la misma familia. Eran los comienzos de lo que Germán Arciniegas llamó la Internacional de las Espadas.
Ana Mercedes Pérez le preguntó al todavía mayor Carlos Delgado Chalbaud cómo podía conciliarse el apoliticismo del ejército con la Revolución de Octubre. El mayor, encargado del Ministerio de Guerra y Marina, saltó de su asiento, con su habitual nerviosismo, para contestar. La intervención del Ejército en la política fue, el 18 de octubre, «una cosa excepcional», dijo. Intervino con las armas para liquidar una situación «insostenible para el país». Pero la Revolución de Octubre no era razón para orientarlo (al ejército) hacia una «beligerancia permanente» en los asuntos políticos. El ciudadano armado tiene tan delicada misión que cumplir que «el sacrificio de ejercer la suya en beneficio de la colectividad es uno de sus mejores títulos a la admiración de sus ciudadanos» (p. 158).
La frase es de una precisión quirúrgica. Delgado Chalbaud no habla de democracia. Habla de una misión. De una institución. De un cuerpo que se siente humillado. Eso es lo que estaba en juego el 18 de octubre. No la libertad. La dignidad de un uniforme.
Pero hay algo más. Delgado Chalbaud decía, sin decirlo, que el ejército volvería a los cuarteles. Que su intervención había sido excepcional. Que no pensaba quedarse en el poder. La historia demostraría lo contrario: tres años después encabezaría otro golpe y moriría asesinado en el poder. La frase, leída hoy, tiene algo de profético y algo de trágico.
Los oficiales jóvenes vivían en condiciones precarias: mala comida, mal vestuario, salarios bajos, ascensos lentísimos. La alta jerarquía exhibía un estilo de vida opulento. La conspiración de sargentos de noviembre de 1944 había sido una señal, y el Consejo de Guerra de julio de 1945 que condenó a los cabecillas no la apagó. El malestar siguió fermentando. Medina se negaba a conceder el voto universal. Esa negativa —obstinación de hombre de otro siglo— fue su perdición. No los tanques. No las ametralladoras. Una firma que no quiso estampar.
Dentro de Miraflores, la consigna de los insurgentes se repetía como un rezo laico. El mayor Celestino Velasco la pronunciaba cada vez que alguien dudaba, cada vez que el miedo asomaba por las rendijas del palacio: «Aquí habrá muertos, pero no prisioneros». La frase tiene la dureza de las cosas que no admiten réplica. No es una arenga. Es un diagnóstico. Sabían que no había marcha atrás. Que el golpe se ganaba o se moría.

«La detective espiritual»
Se sabe cómo consiguió Ana Mercedes Pérez que los militares le hablaran. Ella misma lo cuenta. Hay una introducción en su libro donde explica su método. En esas pocas páginas, la autora narra su propia génesis. Ahí aparece el dato, desnudo, casi imposible: en 1947, la mujer que entrevistó a treinta oficiales golpistas se permitía —aunque no se le permitiese— explicar cómo había entrado en los cuarteles. Osadía femenina pura y dura.
En su texto La verdad inédita (1947), Ana Mercedes Pérez, a diferencia de su contemporánea Lucila Palacios, se muestra al servicio —y no como parte— de la llamada Revolución de Octubre de 1945. Al servicio, no como parte. Esa distinción es el corazón del libro. Pérez no escribió un panfleto. No escribió una elegía. Escribió un acta. Se sentó frente a los vencedores y les tomó declaración. No para juzgarlos. Para que constara.
Conviene detenerse en el parangón con Lucila Palacios, porque no es un detalle menor. Palacios —narradora, diplomática, activista— escribió sobre el mismo proceso desde dentro de la causa democrática, como parte interesada y con voluntad de intervención política. Pérez, en cambio, escribió desde el borde. Esa diferencia de posición define dos maneras opuestas de entender la escritura política en Venezuela, y la de Pérez es, paradójicamente, la menos frecuente y la más difícil: la del testigo que renuncia a la tribuna.
Pero hay algo que explica mejor que cualquier análisis por qué lo hizo. Está en la introducción del libro, y es una confesión que desarma: «Confieso que los temas de la milicia me apasionan y que si fuera hombre hubiese sido un soldado… ¡El pueblo de Venezuela ha sido siempre una revolución en marcha!, pero ¿sabemos acaso cómo y por qué se levantan los cuarteles?» (p. 11). La frase tiene dos tiempos. En el primero, una mujer de los años cuarenta reconoce que la pasión militar le está vedada por su sexo, y lo dice sin autocompasión, con una mezcla de ironía y lucidez. En el segundo, esa misma mujer formula la pregunta que ningún periodista venezolano había formulado antes: ¿sabemos cómo y por qué se levantan los cuarteles? No «qué pasó». No «quién ganó». Sino «cómo» y «por qué». Las dos preguntas que la historia oficial nunca responde.
Y hay una tercera frase, que revela el método y el alma del libro. La escribió al final de su recorrido por los cuarteles: «Yo he entrado en esos cuarteles de mi Patria… he sido la detective espiritual de los nobles sentimientos que animan nuestro ejército» (p. 12). Detective espiritual. No fiscal. No jueza. No cronista de guerra. Alguien que busca, en los pliegues del alma militar, eso que los propios militares no saben nombrar. Alguien que no se conforma con los hechos. Alguien que quiere entender por qué un hombre uniformado, formado para obedecer, un día decide desobedecer.
Aquí conviene señalar algo que la bibliografía no ha subrayado lo suficiente. Cuando Ana Mercedes Pérez publica La verdad inédita en 1947, el género del testimonio —el relato en primera persona del otro, construido por un escritor que cede la voz— todavía no existía como categoría reconocible en América Latina. Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, es de 1966. Hasta no verte Jesús mío, de Elena Poniatowska, es de 1969. La noche de Tlatelolco, de la misma autora, es de 1971. Pérez se adelanta dos décadas a lo que después se llamaría literatura testimonial, y lo hace sin teoría, sin manifiesto y sin escuela. Y lo hace, además, en un país donde ese gesto no tendría continuidad inmediata: habría que esperar hasta 1983, con Me llamo Rigoberta Menchú, para que otra mujer nacida en Venezuela, Elizabeth Burgos, volviera a hacer, en otro registro y con otra fortuna crítica, el mismo trabajo de dejar hablar.
El libro tuvo, al menos, tres vidas. Una segunda edición publicada en Buenos Aires en 1953 añadió nuevos documentos militares. Una tercera apareció en 1975, con 303 páginas, bajo el sello de E. Armitano, e incluyó una entrevista con Carlos Andrés Pérez, que por entonces ejercía la presidencia de la República. Tres ediciones en veintiocho años no es un fracaso editorial. Es una circulación real, sostenida, con lectores. Y sin embargo hoy es casi imposible encontrar el libro. Las bibliotecas que lo tienen no lo prestan. Las editoriales no lo reeditan. No es un libro perdido: es un libro secuestrado por la desidia.
El hombre que no supo leer su tiempo
Medina Angarita no era un tirano. Había llegado al poder en 1941, heredero del lopecismo pero con ínfulas de reformista, y su obra de gobierno incluyó la reforma petrolera de 1943, la primera Ley de Impuesto sobre la Renta y el voto femenino en elecciones municipales. Había permitido una apertura política moderada, esa clase de apertura que los gobernantes conceden cuando creen que aún controlan el reloj. Pero se negó a conceder el voto universal, y esa negativa lo condenó. No los tanques. No las ametralladoras. Una firma que no quiso estampar.
La mañana del 18 de octubre, Medina ordenó suspender las garantías constitucionales. El decreto nunca apareció publicado en la Gaceta Oficial. La orden existió en la intención, no en el papel. Y sin papel, no hubo ley que detuviera lo que ya estaba en marcha. A la 1:30 de la tarde, el presidente regresó a Miraflores. Al descubrir que el cuartel estaba en manos hostiles, se dirigió a la Policía de Caracas y luego al Cuartel Ambrosio Plaza. La indecisión lo acompañó hasta el final, como una sombra que no supo sacudirse. No fue un mártir. No fue un héroe. Fue un hombre que no supo leer su tiempo. Que creyó que podía controlar una transición que ya no le pertenecía. Que confundió la lealtad de los despachos con la lealtad de los cuarteles.
Ana Mercedes Pérez no lo entrevistó a él. Entrevistó a los que lo derrocaron. Ese silencio —el silencio de Medina— es uno de los huecos más elocuentes del libro, y merece algo más que una especulación. Sabemos, por fuentes posteriores, que Medina se exilió y que escribió sus propias memorias, sus Cuatro años de democracia, publicadas póstumamente. Sabemos que no guardó rencor público contra los oficiales que lo derrocaron y que incluso mantuvo con algunos un trato cordial años después, como si el golpe hubiera sido un accidente del calendario y no una herida. Pero nada de eso está en La verdad inédita, y la ausencia tiene un peso propio, un volumen que se siente en cada página donde su nombre no aparece.
Puede haber razones prácticas: Medina no quiso hablar, o ya no tenía nada que decir, o consideraba que explicarse era una forma de legitimar el golpe, de aceptar sus reglas, de sentarse en la misma mesa que sus verdugos. Puede haber razones de método: Pérez estaba escribiendo la historia del 18 de octubre revelada por sus dirigentes militares, y Medina no era dirigente militar del 18 de octubre, sino su antagonista. Su voz habría sido la del otro lado de la acera, la del que espera mientras los demás deciden. Puede haber razones más hondas, que el libro no dice y que quizás su autora tampoco sabía formular: en Venezuela, los vencidos han sido siempre más silenciosos que los vencedores, y la historia la escriben quienes se sientan a contarla. Medina se sentó a escribir sus memorias, sí, pero lo hizo lejos, en el exilio, cuando ya nadie podía responderle.
Lo que sí puede afirmarse es que en ese «Le contesté que se retirara» está ya dicha toda la historia. Cinco palabras que contienen el golpe entero: la orden seca, el automóvil que se aleja, el palacio que cambia de manos sin que se derrame una gota de sangre en sus salones. Añadir la voz del derrocado habría sido, quizás, contar otra historia. La historia de un hombre que creyó que el poder era un acuerdo entre caballeros y no un pulso entre voluntades. La historia de un reformista que se quedó a mitad de camino y descubrió, a la 1:30 de la tarde de un día de octubre, que la mitad del camino no es un lugar: es un abismo. Pero esa historia no la escribió Ana Mercedes Pérez. La escribió Medina, años después, en el silencio de su exilio, para unos lectores que ya no eran los suyos. Y esa historia, como el decreto de la mañana, nunca apareció publicada a tiempo.
El lápiz que preguntó a la espada
Ana Mercedes Pérez no escribió La verdad inédita para celebrar ni para condenar. Escribió un libro para escuchar. Entrevistó a los militares golpistas cuando el polvo aún no se había asentado, cuando las heridas estaban frescas y las ambiciones también. El libro no es la verdad oficial ni la verdad de los vencidos. Es un mosaico de verdades parciales, contradictorias a veces, humanas siempre.
Su lugar en la literatura venezolana es incómodo precisamente por eso. La tradición del ensayo político de los años cuarenta —Picón Salas, Briceño Iragorry, Uslar Pietri— se construyó desde la interpretación y el diagnóstico: el intelectual que explica el país. Pérez hace lo contrario. No interpreta: transcribe. No diagnostica: pregunta. Y al hacerlo, ocupa un lugar que esa tradición no había previsto, ni para un hombre ni, mucho menos, para una mujer. No es una ensayista que cita a los militares para sostener una tesis. Es una cronista que los deja hablar para que la tesis no sea necesaria.
Pérez murió en 1994. No obtuvo grandes premios. Fue poeta antes que periodista, diplomática antes que cronista. Y mujer antes que nada. Mujer rebelde y cargada de angustia. Rebelión y angustia: las dos palabras que definen su vida y su obra. Rebelión para sentarse frente a los hombres que habían tomado el poder y preguntarles por qué. Angustia para escuchar las respuestas y descubrir que ninguna era satisfactoria. Y en el centro de esa rebelión y esa angustia, una confesión que lo explica todo: «Si fuera hombre, hubiese sido un soldado». No lo fue. Fue algo más difícil. Fue la mujer que les preguntó a los soldados por qué habían disparado.
Hay una escena que no está en el libro y que sin embargo lo atraviesa: la escena de una mujer sola, en un despacho oficial de los años cuarenta, frente a un militar que acaba de derrocar a un presidente. La mujer tiene un cuaderno y un lápiz. El militar tiene el poder y la necesidad de justificarse. Ninguno de los dos sabe que esa conversación será, ochenta años después, casi lo único que quedará de aquel octubre. La mujer escribe. El militar habla. El lápiz se gasta. La hoja se llena. Y en algún momento, la mujer levanta la vista y mira al militar a los ojos. No dice nada. Solo mira. Y el militar, por primera vez desde que tomó el poder, siente que alguien lo está viendo de verdad.
¿Fue el 18 de octubre de 1945 una revolución democrática o un golpe militar con fachada civil? El libro de Ana Mercedes Pérez no responde. No es su función. Su función es otra: preservar las voces de quienes estuvieron allí, en el Cuartel San Carlos, en la Escuela Militar, en Miraflores, cuando Venezuela se partió en dos. Su función es recordarnos que detrás de cada golpe, de cada revolución, de cada fecha que los manuales subrayan, hay hombres de carne y hueso que dispararon, que dudaron, que obedecieron o se negaron.
Leer La verdad inédita hoy sería escuchar esas voces. Pero no podemos leerlo, y esa imposibilidad no es un accidente: es la forma concreta que adopta el olvido en un país que se ha acostumbrado a perder sus archivos. La memoria de un país no se construye solo sobre lo que se dice, sino sobre lo que se deja de reeditar.
Ana Mercedes Pérez preguntó. Los militares respondieron. Y nosotros, ochenta años después, seguimos sin saber qué dijeron. La única manera de averiguarlo es volver a publicar el libro.







