Al comenzar el confinamiento por la pandemia, me propuse leer todo lo que tenía en mi biblioteca de ciertos escritores y ver todas las películas que encontrara online de algunos cineastas preferidos y de algunos desconocidos pendientes (fue así que descubrí a chinos y coreanos del Sur imprescindibles). Con unos y otros experimenté el mismo asombro al confirmar lo que sé hace mucho tiempo: el punto de vista de un lector cambia no sólo de década a década sino de año a año y hasta de mes a mes. Cambia la vida del lector, cambia su punto de vista y cambia el énfasis de lo que se lee, hasta el punto de no reconocer los subrayados que alguna vez hicimos. O de ni siquiera recordar que por ahí ya habíamos pasado.

Uno de esos cineastas revisitados fue Ingmar Bergman, pero sólo después de releer su autobiografía (Linterna mágica, 1967) y la de Liv Ullman (Changing, 1976). La obra de Bergman, todos lo intuíamos, es siempre autobiográfica e incluye, a veces, trozos de la vida de sus actores/amigos que siempre lo acompañaron, como Ullman, con quien tuvo una hija y convivió cinco años, hasta que ella lo dejó sin dejar de admirarlo y de trabajar con él hasta el final. Le oí decir a él, en una de las últimas entrevistas que dio para TV, que ella había sido quizás su más constante protagonista porque lo entendía más que ningún otro actor. También dijo que, aunque sabía que no había más allá, le hubiera gustado reencontrarse con su quinta y última esposa: Ingrid Von Rosen.

Por sus memorias entendí también la importancia que tuvo en el resto de su vida un regalo recibido cuando niño en navidad: una linterna mágica, un evento que, por cierto, recrea en la que describió como su película preferida, Fanny y Alexander (1982), en la que nos presenta aquella casona llena de relojes y lámparas y en la cual su madre y su abuela lo cuidaban, hablaban con él y le apoyaban sus inventos. Recurrente recuperación de esa casa en escenarios de teatro y en platós de cine donde filmó escenas en espacios cerrados. Teatro en el cine, la marca Bergman. Retorno de diversas formas como hombre a su casa de infancia. En la biografía habla de un padre religioso, intolerante, que nunca se interesó por él pero que, en cambio, después llegó a simpatizar con Hitler, igual que su hermano. En la peli el padre verdadero se omite y se troca en un señor bonachón. Está bien así, para que las imágenes del niño Alexander en la navidad que recibió la linterna mágica sean las que perduren.