A la profesora Gioconda Espina le gusta manosear memorias, cartas, diarios de viajes y entrevistas publicadas hace años. Todo eso lo ha ido amasando y a toda esa montaña de papel (también documentos en Word o PDF) llama colección. Cuenta que la mayoría de las piezas de esa colección las ha venido leyendo o releyendo del 2019 hasta hoy. Lo que analiza o simplemente glosa en este ramillete de anotaciones es, apenas, lo que leyó durante el confinamiento, primero radical y luego parcial, por la pandemia de COVID-19 que en Venezuela duró más que en el resto del mundo dado el retardo con el que comenzó la vacunación pública. Espina deja de lado las lecturas posteriores a 2021 y las registradas en su primer diario virtual (Diario de una neurótica de fin de siglo, que cerró el 31 de diciembre de 1999), así como todas las historias llevadas al cine, plataformas de streaming y televisión que ha visto y comentado y que «sin duda ya son muchas más de las que he leído y podré leer antes de morir».
FLORA TRISTÁN ERA UNA PENDEJA
Hace tiempo descubrí la relación entre mi pasión por conocer los caminos recorridos para llegar una persona a cumplir una vocación o un objetivo, elegido o surgido de las circunstancias, y el psicoanálisis que ejerzo desde el 2000. Es una pasión que mantuve en secreto mucho tiempo, pues siendo una de las dirigentes estudiantiles que, luego, egresó de la Escuela de Letras que surgió del movimiento de Renovación Universitaria, de 1969, en la Universidad Central de Venezuela, sabía que uno de los principios renovadores era dejar de considerar la obra literaria ―o artística en general— como resultado del contexto histórico, político, social y familiar de los autores, que era lo que privaba en la docencia y la investigación anterior. Los autores eran vistos sólo como instrumentos del contexto y nada de lo subjetivo ―apenas sugerido o transformado por cierto uso del lenguaje― era considerado relevante, mucho menos esencial y único de cada autor.
Era la nuestra una posición radical, seguramente necesaria para romper tradiciones, que entonces nos hizo perder estas historias que los autores quisieron contar en primera persona o contaron para sus biógrafos y que ―esto fue lo que se me reveló después― más bien ayudan a leer más que un solo libro de esos autores (ese libro único que está previsto en el programa oficial) y, sobre todo, a superar los dichos que, de todas maneras, corrían por la clase, como «Celine era fascista» o «Faulkner apoyó a EEUU en la guerra de Vietnam»” o «Flora Tristán era una pendeja cuyo único mérito fue ser la abuela de Gauguin». Porque Celine y Faulkner –a pesar de sus opiniones y posiciones políticas― escribieron una obra literaria monumental (hice mi tesis sobre Faulkner después de la Renovación del 69) y Tristán imaginó, escribió e intentó una utopía (Unión Obrera, 1843) que aún nos asombra a las feministas, ya que incluye asuntos que aún están pendientes de cumplirse, como la educación igualitaria (es decir, para niñas y niños) o el papel de los viejos en esa educación que privilegia el cuido y la mutua asistencia.
En esta serie me referiréa parte de las memorias, cartas, diarios de viajes y entrevistas publicadas que he ido coleccionando, leyendo y releyendo del 2019 hasta hoy. Estas son apenas las que leí durante el confinamiento por COVID-19. Dejo de lado las lecturas posteriores a 2021 y las registradas en mi primer diario virtual (Diario de una neurótica de fin de siglo, que cerré el 31 de diciembre de 1999), así como todas las llevadas al cine, plataformas de streaming y televisión que he visto y comentado y que, sin duda, ya son muchas más de las que he leído y podré leer antes de morir.
EL SEGUNDO DIARIO
Comencé el segundo diario (Botella al mar) escribiendo esto:
JJ Rousseau cuenta en sus Confesiones que cuando donó o botó la colección de hojas y flores de plantas que había estado recogiendo, analizando y dibujando por décadas, creyó que nunca más lo intentaría. Pero volvió a hacerlo en el lugar en que viviría sus últimos años. Igual hizo Vladimir Nabokov, quien se hizo lepidopterólogo desde niño, a instancias de su padre y sus tíos, que también cazaban, estudiaban y secaban mariposas. Después de la revolución bolchevique, Nabokov y su familia comenzaron su errancia por el mundo hasta llegar a EEUU, donde retomó su antigua pasión de la que aún se benefician varios museos de ciencias de este país donde están sus colecciones. Esto lo cuenta en Habla, memoria… (16-6-2019).

Como pueden ver, mis dos primeras referencias son a dos autobiografías o memorias que—como todas—sabemos filtradas por el pudor o por el interés del memorioso, tanto más filtradas cuando el autor sabe que va a ser leído y comentado por mucha gente en su época o en siglos siguientes, como era el caso de Rousseau y de Nabokov.
- Foto de arriba: Faulkner.
- Foto de abajo: Celine.






