La claridad expositiva y amenidad del estilo de Agustín de Hipona en sus también tituladas Confesiones (fines del siglo IV D.C.) siguen siendo un modelo hoy, amén de que el contenido sigue estando a la orden del día cuando un católico quiere explicar, a un público culto sembrado de ateos, cómo pasó del agnosticismo al catolicismo.
Fue en mayo de 2020 que estuve fascinada con las Confesiones de San Agustín, nacido en Tagaste y muerto en Hipona, ambas en territorio de lo que hoy es Argelia y Túnez, respectivamente. A Roma llegó desde Cartago, en la región que hoy es Argelia, como profesor de oratoria. Quien luego sería San Agustín, hijo de Mónica (a quien él mismo elevaría, siendo Obispo, a la condición de santa), antes estudió literatura, oratoria y filosofía. Su libro es una confesión detallada, dirigida a Dios, de los avatares de su vida antes de ser bautizado y consagrarse por completo a la religión católica. 31 años duró el periplo y—así se lo confiesa al dios trino-- lo que más lo frenó y lo hizo posponer su entrega fue la concupiscencia, el gusto por el cuerpo a cuerpo con las mujeres desde que tenía 16 años y de las que gozó mucho, algunas por largo tiempo, como la madre de su único hijo conocido (Adeodato), que despidió cuando su madre le arregló un matrimonio con una niña, de 14 años, a la que él renunció a favor de la iglesia.
En el camino Agustín amó a un hombre como nunca amó a nadie más, dice, pero tal como lo describe fue un affidamento, que es ―no lo dice él, así que lo explico yo― un tipo de amor no carnal, un amor como el que Montaigne confiesa en sus Ensayos por Étienne de La Bóetie. Esta conexión la hice leyendo a Agustín porque esos dos hombres amados murieron temprano y súbitamente. Agustín en el siglo IV y Montaigne en el siglo XVI se expresan de esos amigos íntimos como «dos almas en una», de manera tal que al morir uno, el sobreviviente se preguntaba si valía la pena seguir viviendo sin la otra mitad del alma. Usan casi las mismas palabras.
Agustín se refiere constantemente a su madre, pero a todas las demás mujeres no les da más tratamiento que «esas» y, al menos una vez, habla de «fulanas». Montaigne menciona que se casó y tuvo hijos, pero no les dedica ni un párrafo, al contrario de lo que hace con La Bóetie.







