En octubre de 2020 pedí a la editorial Eclépsidra que me enviaran a casa, vía motorizado con mascarilla, Viaje al poscomunismo, diario de viajes de Ana Teresa Torres con fotografías y fragmentos de poemas de Yolanda Pantin (que luego reunió en 21 caballos). Fueron cinco viajes a los países de Europa del Este los que hicieron después de la caída del muro en 1989. De 2002 a 2012, todos en la era Putin.

Uso inteligente de la ironía

Cuando salen solas por esas calles sin hacerse entender por la gente que sólo habla ruso o la lengua de su país, adivinando lo que dice un cartelón escrito con un alfabeto desconocido, recordé a Ryszard Kapuscinski en Viajes con Heródoto, esas crónicas que incluyen las de un jovencito reportero polaco de los años 50 que apenas soñaba con cruzar la frontera (quizás a la vecina Checoslovaquia) cuando la jefa lo mandó a India y a China y él no sabía más que cuatro palabras en inglés. RK dice que en sus primeros viajes se aferraba al libro de Heródoto que su jefa la regaló para resistir la angustia por no poder entenderse con la gente común. Ana Teresa y Yolanda, al menos, se tuvieron una a la otra para conversar y dominio del inglés para entenderse con las guías de los tours que contrataron. Ana Teresa observa y escribe cosas de las que no habló con las guías, claro está, sin dejar de asociar algunas cosas con la Venezuela en la que ambas siguen viviendo. No siempre coincido con la comparación, pero eso ya lo sabía antes de leer este último libro.

En noviembre decidí leer y releer a varios latinoamericanos. Por uno de los ensayos de Octavio Paz en Signos en rotación («Conquista y colonia», París, 1950) busque online la Respuesta a Sor Filotea (1691) de Sor Juana Inés de la Cruz, que Paz no duda en considerar el primer texto feminista de América, de lo cual ahora no tengo la menor duda. Es una carta a una supuesta Sor Filotea de la Cruz a quien declara respeto y admiración y que, en realidad, era el pseudónimo del obispo de Puebla, quien escribió el prólogo y pagó la edición de la Carta Athenagórica, su único texto teológico, precisa Paz en otro texto de 1950 («Sor Juana Inés de la Cruz» [en Las peras del olmo, Seix Barral, Biblioteca Breve de Bolsillo 103] y ratifica en el libro sobre Juana de 1982, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Recordé los Soliloquios de Agustín que leí en junio, después de concluir las Confesiones.

Nos ofrece Juana en su Respuesta el mejor ejemplo que he encontrado para mostrar a mis estudiantes el uso inteligente de la ironía para llegar a los mandamases de todas las épocas y así al menos dificultar que un autor pueda ser acusado de atacar a la autoridad de forma pública y directa. Como la alta jerarquía de su Orden lamentaba que Juana no se dedicara, como las otras monjas, a las «labores de su sexo» y que, más bien, se la pasara leyendo, escribiendo versos (Paz afirma que Juana era mucho mejor poeta que su contemporáneo Góngora) y organizando actos culturales en el convento y en la iglesia, ella responde:

«En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría y a las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro».

Y esto otro después de relatar sus observaciones viendo jugar trompo a unas niñas, cuando la madre superiora le prohibió los libros:

«Por no cansaros con tales frivolidades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito».