La primera vez que voté, mi padre me dijo: «Esto es lo que aquellos hombres querían». No me dijo quiénes. No me dijo cuándo. Solo esto. Y me apretó el brazo, como se aprieta una promesa que no se sabe si se podrá cumplir.
Han pasado los años. Voto todavía. Nunca he dejado de hacerlo. Ni la certeza de que el resultado estaba escrito antes de abrir las urnas, ni el coro de los que decían que votar era una trampa, me apartaron de la fila. Pero ya no sé qué quiere decir. Ni cuándo podré votar con libertad en elecciones limpias.
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¿Qué fue el 18 de octubre de 1945? He pasado años leyendo a los historiadores. He leído a Caballero, a Carrera Damas, a Straka, a Velásquez, a Bruni Celli, a Ramírez, a Cordero, a Olavarría y a muchos otros cuyos nombres ya no recuerdo. He leído los testimonios, las actas, las memorias, las cartas que nadie publicó. Unos dicen que fue una revolución. Otros, que un golpe. Otros, que un nudo que no hemos acabado de desatar. Todos tienen razón. Todos exageran.
La pregunta no es qué fue. La pregunta es por qué, después de tantos años, sigo sin poder dejar de preguntármelo.
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Hay un cuarto cerrado en Caracas. Son los comienzos de 1945. Hace calor. Un calor de antes, sin aire, sin ventilador, sin más consuelo que el cigarro que se consume entre los dedos. Huele a tabaco, a sudor, a tinta. Huele a miedo, aunque nadie lo diga. Unos oficiales están sentados alrededor de una mesa. No sé cuántos son. No sé sus nombres. Sé que alguien escribe. Sé que alguien tiembla. Sé que alguien duda. Y sé que los tres, el que escribe, el que tiembla y el que duda, son la misma persona.
El que escribe lo hace despacio. La pluma raspa el papel. Raspa como si cada letra costara una vida. Escribe un Acta de Juramentación de los militares conspiradores que dice: hay que acabar «para siempre con la incompetencia, el peculado y la mala fe que presiden los actos de nuestros gobiernos». Escribe que se propondrá «la formación de un gobierno que tenga por base el voto universal, directo y secreto de la ciudadanía».
La palabra «siempre» queda ahí, sobre el papel, temblando.
Uno de ellos piensa: esto no va a funcionar. Otro piensa: esto tiene que funcionar. Otro no piensa nada. Solo firma. La pluma pasa de mano en mano. Cada firma es un poco más torcida que la anterior. Cada firma es un poco más valiente que la anterior, aunque ninguno lo sepa.
Nadie dice la palabra «revolución». Dicen «movimiento». Dicen «la situación». Dicen «esto». El vocabulario del poder es siempre un poco cobarde, y por eso es tan elocuente. Los hombres que hacen la Historia nunca la llaman por su nombre. La llaman «esto». La llaman «la situación». Y luego, cuando la Historia ya está hecha, otros la bautizan con palabras grandes que ellos nunca pronunciaron.
Afuera, la ciudad no sabe nada. Afuera, alguien cierra una puerta, alguien enciende un cigarro, alguien mira el reloj. Afuera, la vida sigue sin saber que adentro, en un cuarto cerrado, unos hombres acaban de escribir «siempre». La palabra más peligrosa del idioma. La única que no admite retroceso. La que no se puede borrar sin dejar huella. La que, una vez escrita, convierte a quien la escribió en su deudor para toda la vida.
LA GRIETA
La explicación más repetida para aquella conspiración habla de una grieta generacional dentro del ejército. Una grieta que no era solo metáfora: era una herida abierta en el cuerpo de una institución que no sabía si pertenecía al pasado o al futuro.
En un extremo estaban los viejos. Los que habían medrado al abrigo del gomecismo, ascendidos más por fidelidad al general Juan Vicente Gómez que por méritos profesionales. Dueños todavía de los mandos principales, de las oficinas con alfombra, de los despachos donde se decidía todo. Hombres sin formación académica, condecorados por batallas que ya nadie recordaba, que hablaban de la patria como se habla de una finca heredada. A esos se les llamó «generales chopo e' piedra». La frase era cruel y era exacta: chopo e' piedra, duro, tosco, sin labrar. Un general de piedra no lee libros. Un general de piedra no discute teorías. Un general de piedra manda, y punto.
En el otro extremo estaban los jóvenes. Salidos de la Academia Militar, con el uniforme recién planchado y los manuales subrayados. Muchos habían estudiado en el exterior, sobre todo en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, donde habían aprendido que un ejército moderno se organiza con mapas y no con lealtades, con estrategia y no con padrinazgos. Volvían con ideas, con libros en francés, con la paciencia corta de quien se sabe llamado a reemplazar a los viejos. Y se encontraban con que los viejos no se iban. Se encontraban con que el ejército seguía siendo una casa de familia donde los puestos se heredaban y los ascensos se agradecían. Se encontraban, en fin, con que la guerra que ellos habían estudiado no era la guerra que aquellos hombres habían ganado.
La grieta no era solo de edades. Era de mundos. Los viejos habían hecho la patria a caballo. Los jóvenes querían gobernarla con planos. Los viejos hablaban de honor. Los jóvenes hablaban de eficiencia. Y en medio de esa grieta, en ese espacio sin nombre donde ni unos ni otros se reconocían, fue donde empezó a conspirarse.
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Manuel Caballero, en Las crisis de la Venezuela contemporánea, se detiene en ese desencuentro. Lo llama, con esa ironía seca que nunca lo abandona, «la muy normal y corriente diferencia generacional». Normal y corriente, dice, como si no estuviera describiendo el hueco por donde se iba a desangrar un ejército. Pero Caballero no se queda en la ironía: añade un agravante. Los oficiales de promociones recientes —muchos con formación brillante dentro y fuera del país, con títulos que los viejos no podían ni pronunciar— se tenían por intelectualmente superiores a unos generales ancianos cuyos ascensos apenas debían algo al rigor académico. Se sabían mejores. Se sabían más preparados. Se sabían, en el fondo, los llamados a mandar. Y sin embargo, «eran estos últimos los que comandaban el ejército». Los viejos seguían en los despachos, firmando las órdenes, decidiendo los ascensos. Los jóvenes miraban desde afuera, con los manuales bajo el brazo y la paciencia agotándose. Caballero no omite la salvedad: Medina Angarita, «el primer oficial de escuela que llegaba a la cabeza del Estado». Un hombre que había roto el techo de cristal de los generales de piedra. Un hombre que, por eso mismo, resultaba más incómodo que ninguno: porque probaba que el cambio era posible, y que no había llegado todavía.
Hasta aquí la historia suena redonda, casi demasiado redonda. Y ahí está el problema: las historias demasiado redondas suelen ser falsas o, al menos, incompletas. En política, las explicaciones redondas son siempre sospechosas. La política real —la que se hace en los cuarteles, en los despachos, en las antesalas, en los pasillos donde nadie toma notas— nunca es redonda. Es angular. Es contradictoria. Está hecha de intereses que se cruzan y de lealtades que se traicionan. Está hecha de hombres que firman una cosa y piensan otra, que aplauden en público y conspiran en privado, que juran por la institución y luego la venden por un ascenso. La grieta generacional existía, sí. Pero no era la única grieta. Y quizá no era ni la más importante. Era, acaso, la más visible. La que se podía contar sin mancharse las manos. La que permitía explicar la conspiración sin hablar de los intereses que la hicieron posible. Porque las historias redondas son eso: maneras elegantes de no decir toda la verdad.
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Pienso en el general Manuel Morán Acurero, de uniforme, en un despacho de Caracas, en 1945, firmando la última memoria de su ministerio. Pienso en su letra. Una letra de hombre viejo, menuda, apretada, como si cada palabra le costara un esfuerzo que ya no estaba dispuesto a hacer. Un hombre al que Gómez había prohibido entrar al país, y que ahora era ministro de Guerra y Marina. La paradoja no se le escapaba. Gómez lo había desterrado, y él firmaba ahora los papeles del ejército que Gómez había construido. La historia tenía esas vueltas: los que habían sido expulsados volvían a firmar lo que los expulsores habían dejado. Y firmaban sin rencor, o con un rencor tan antiguo que ya no sabían a quién culpar.
Domingo Irwin e Ingrid Micett lo han advertido en Caudillos, militares y poder: la tesis de la grieta generacional no puede tomarse como verdad absoluta. Morán, oficial de escuela, graduado en Chorrillos, convivía en la cúpula con los hombres del gomecismo. Almorzaba con ellos. Firmaba con ellos. Se sentaba en la misma mesa donde se decidían los ascensos y las jubilaciones. Las dos generaciones no estaban separadas por un muro: estaban separadas por una cortina de humo, por una ceremonia de cortesía que ambos bandos cumplían sin creer en ella. En las Memorias de Guerra y Marina se ve que algunos oficiales iban pasando al retiro al acercarse a los límites que fijaba la ley. Una renovación lenta, ordenada, dentro de la legalidad. Nadie era echado. Nadie era humillado. Los viejos se iban con honores, y los jóvenes esperaban su turno con la paciencia de quien sabe que el turno llega. O con la impaciencia de quien sabe que el turno no llega nunca.
En esa firma cabe todo: la continuidad disfrazada de cambio, el orden sostenido sobre lealtades que se toleran. Así han funcionado casi siempre nuestras repúblicas: no sobre instituciones, sino sobre hombres que se soportan. Hombres que no se quieren, pero que se necesitan. Hombres que se traicionarían mañana, pero que hoy firman juntos. La frontera entre el civil y el militar no es una línea: es una zona de sombra donde nadie sabe quién manda. Allí, en esa penumbra, se deciden las cosas que luego los historiadores explican con palabras grandes. Allí se negocian los ascensos, se reparten los ministerios, se acuerdan las candidaturas. Allí, en esa zona sin nombre, la política real ocurre mientras los discursos se pronuncian en otra parte. La realidad es más escurridiza que las etiquetas con que pretendemos atraparla. Y los hombres que la viven lo saben. Por eso no escriben memorias. Por eso dejan que otros las escriban.
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Aquel año, 1945, cuando aún se discutía qué había sido el 18 de octubre, uno de esos oficiales —no sé si firmó, no sé si tembló— está sentado frente a una periodista. Se llama Carlos Delgado Chalbaud. Es ministro de Guerra y Marina. La periodista se llama Ana Mercedes Pérez. Le pregunta cómo puede conciliarse el apoliticismo del Ejército con la Revolución de Octubre. La pregunta es incómoda. La pregunta es exactamente la que nadie quiere responder.
Delgado Chalbaud salta de su asiento. Es un hombre nervioso. Se le nota en las manos, que no encuentran reposo sobre la mesa; en la voz, que se quiebra en los bordes de las palabras; en el modo de mirar, que va del rostro de la periodista a la puerta y de la puerta al rostro, como si calculara la distancia. Contesta casi airado. La intervención del Ejército en la política fue, el 18 de octubre, «una cosa excepcional». Intervino con las armas para liquidar una situación «insostenible para el país». Pero eso no es razón para orientarlo hacia una «beligerancia permanente». El ciudadano armado tiene una misión tan delicada que «el sacrificio de ejercer la suya en beneficio de la colectividad es uno de sus mejores títulos a la admiración de sus ciudadanos».
No dice la palabra «democracia». No la necesita. Habla de una misión. De una institución. De un cuerpo que se siente humillado. Habla de la dignidad de un uniforme. Habla de todo lo que se puede decir sin decir lo que de verdad importa. Porque las palabras que pronuncia son ciertas, pero hay otras que no pronuncia. Las que se quedan detrás de los dientes. Las que se piensan y no se dicen. Esas son las que cuentan.
Dice, sin decirlo, que el Ejército volverá a los cuarteles. Que su intervención ha sido excepcional. Que no piensa quedarse en el poder. Lo dice con el cuerpo, con la prisa por terminar la frase, con la mano que ya busca la puerta. Lo dice como se dicen las promesas que no se van a cumplir: rápido, para que nadie las retenga.
La periodista escribe. La pluma raspa el papel. Raspa como raspó la pluma del cuarto cerrado, años antes, cuando alguien escribió «siempre» sobre una hoja temblorosa. Ahora es otra pluma, otra hoja, otro temblor. Pero el gesto es el mismo: alguien anota lo que otro dice, y lo que queda sobre el papel no es lo que se dijo, sino lo que se quiso decir. Y lo que se quiso decir, muchas veces, es lo que nunca se dice.
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El 24 de noviembre de 1948, Delgado Chalbaud encabeza un golpe contra Rómulo Gallegos. El hombre que había dicho «una cosa excepcional» volvía a hacer la misma cosa. El hombre que había prometido los cuarteles volvía a sacar el ejército a la calle. El hombre que había hablado de la dignidad de un uniforme la usaba ahora para derrocar a un presidente electo. Dos años después, el 13 de noviembre de 1950, muere asesinado en el poder. El poder que había dicho que no quería. El poder que había prometido devolver. El poder que lo mató antes de que pudiera devolverlo.
No sé qué pensó en el momento de morir. No sé si sintió el impacto antes de oír el disparo. No sé si alcanzó a ver la cara del que disparó, o si solo vio el techo, o el cielo, o la nada. No sé si recordó aquella tarde, aquella silla de la que saltó, aquella palabra «excepcional» que dijo y que no cumplió. No sé si pensó en los oficiales del cuarto cerrado, en la palabra «siempre» que alguien escribió y que nadie pudo sostener. No sé si pensó en Gallegos, en el hombre al que había traicionado, en la mano que le había estrechado antes de quitarle el gobierno. No sé si pensó en su padre, que también había muerto en el poder, o en su hijo, que lo sobreviviría sin entender. No sé si pensó en Dios, o en la patria, o en nada. No sé si pensó.
No lo sé. Y no lo voy a saber. Nunca lo voy a saber. Nadie lo va a saber nunca. Porque los muertos no hablan, y los que matan no cuentan, y los historiadores solo pueden escribir lo que los papeles dicen. Y los papeles no dicen lo que un hombre piensa en el último segundo. Los papeles dicen «24 de noviembre de 1948». Dicen «13 de noviembre de 1950». Dicen «golpe». Dicen «asesinato». Dicen «poder». Pero no dicen lo que un hombre ve cuando sabe que va a morir. Eso no está en ningún archivo. Eso no lo sabe nadie. Eso se pierde con el último latido, con el último parpadeo, con la última palabra que no alcanzó a decirse.
Y sin embargo, aquí estoy yo, ochenta y un años después, preguntándome qué pensó. Como si pudiera saberlo. Como si el solo hecho de preguntarlo me acercara a él. Como si el «siempre» que él no cumplió me obligara a preguntar por el suyo. No lo sé. No lo voy a saber. Pero no puedo dejar de preguntármelo. Y quizá eso sea lo único que puedo hacer por él: preguntar. Preguntar sin respuesta. Preguntar cómo se reza. Preguntar cómo se escribe.
ANA MERCEDES Y EL VOTO UNIVERSAL
Hay un libro que se llama La verdad inédita. Historia de la revolución de octubre. Lo escribió Ana Mercedes Pérez. Es un libro de los que ya no se hacen: tapas duras, papel amarillento, letra menuda. Un libro que huele a biblioteca vieja, a humedad, a tiempo detenido. Lo abro y las páginas crujen como cruje la madera de una casa abandonada. Allí están los testimonios. Allí está Delgado Chalbaud. Allí están los otros. Todos hablando desde el pasado, desde sus voces de entonces, desde la certeza de que la historia los absolvería o los condenaría. Ninguno sabía que yo iba a leerlos ochenta años después, en un cuarto cerrado, buscando en sus palabras algo que ellos no sabían que estaban dejando.
Allí, dispersa en sus páginas, está la prueba de que el voto universal no era propiedad de nadie. Ni de los adecos que lo reclamaban como su bandera, ni de los historiadores que luego se lo adjudicaron como herencia exclusiva del civilismo. Estaba también en boca de los militares que conspiraban. En el acta que escribieron a oscuras. En la palabra «siempre» que nadie supo sostener. El voto universal no nació de un partido, ni de una ideología, ni de un programa. Nació de un cuarto cerrado, de una pluma que raspaba, de unos hombres que no sabían si al día siguiente estarían presos o muertos. Nació de la necesidad, que es la madre de todas las palabras verdaderas.
El teniente Francisco Gutiérrez dice que había corrupción. Lo dice sin adornos, con la voz de quien ha visto demasiado. Dice que el pueblo no tenía salida. Dice que había que restituirle «el supremo derecho de darse sus gobernantes en elecciones libres por sufragio directo, universal y secreto». Y al decirlo, no está hablando de política: está hablando de dignidad. Está diciendo que un pueblo sin voto es un pueblo sin rostro. Está diciendo que él no conspiró por ambición, sino por vergüenza.
El mayor Julio César Vargas dice que hablaba con el teniente Edito Ramírez sobre la nueva política universal que se imponía con sus elecciones libres. Los imagino conversando en un patio, a media tarde, con el uniforme desabrochado y el calor pegajoso de Caracas. Hablan de lo que pasa en el mundo, de lo que pasó en Europa, de lo que va a pasar aquí. No saben que están profetizando. Solo saben que algo está cambiando, y que ellos quieren ser parte del cambio.
El capitán Miguel Nucete Paoli dice que fue un movimiento idealista, surgido de la angustia de ver al pueblo debatirse. La palabra angustia es suya. No dice indignación, no dice rabia: dice angustia. Es la palabra de quien no puede dormir pensando en lo que ve. Es la palabra de quien se siente culpable por tener un uniforme y no usarlo para algo que valga la pena.
El capitán Mario Ricardo Vargas dice que no era un movimiento gremial, sino nacionalista, y que estaba reñido con sus principios formar un gobierno militar. Lo dice con una claridad que desarma. No conspiró para ascender. No conspiró para vengarse. Conspiró porque creía que el ejército tenía que volver a los cuarteles, y que la patria tenía que ser gobernada por civiles. Y sin embargo, allí estaba, en un cuarto cerrado, firmando un acta que lo convertiría en conspirador. La coherencia, a veces, exige contradecirse.
Tienen nombres. Tienen caras. Tienen historias. No son los oficiales anónimos del cuarto cerrado: son los que sobrevivieron para contarlo. Los que escribieron «siempre» no sabemos quiénes fueron. Estos sí. Francisco Gutiérrez, Julio César Vargas, Miguel Nucete Paoli, Mario Ricardo Vargas. Cuatro nombres que la Historia no siempre recordó. Cuatro hombres que dijeron lo que creían y a los que nadie hizo justicia. Y lo que dicen es lo mismo que aquellos escribieron. Las mismas palabras. Las mismas ideas. La misma esperanza. Como si el cuarto cerrado no hubiera sido un lugar, sino un tiempo. Como si todos los que conspiraron por la democracia hubieran estado en el mismo cuarto, aunque no se conocieran. Como si la palabra «siempre» hubiera sido escrita por todos y por nadie.
Todos hablan de lo mismo. Todos dicen lo mismo. Todos quieren lo mismo. Y sin embargo, ninguno de ellos sabía que el otro existía. Ninguno sabía que sus palabras iban a coincidir. Ninguno sabía que ochenta años después, alguien los leería juntos y descubriría que estaban diciendo lo mismo. La historia tiene esas cosas: junta a los que estuvieron separados, y separa a los que estuvieron juntos.
CABALLERO, VELÁSQUEZ, CARRERA DAMAS, STRAKA
Yo no supe del voto universal por los libros. Lo supe por mi padre, que me llevó de la mano a votar y me dijo: esto es lo que aquellos hombres querían. No me dijo más. No hacía falta. Su mano apretaba la mía como se aprieta una promesa que no se sabe si se podrá cumplir. Yo tenía ocho años, o nueve, o diez —el tiempo borra los detalles pero no los gestos—. Y aquella mano grande, áspera, con la uña del pulgar un poco partida, me decía más que cualquier discurso. Me decía: esto es tuyo. Esto te lo dejaron. No lo pierdas.
Mucho después, leyendo a Caballero, encontré una frase que no he podido olvidar: aquel 18 de octubre «señala el ingreso de Venezuela a la sociedad de masas». La leí y pensé en mi padre. Pensé en su mano. Pensé en aquel día en que me llevó a votar sin saber que me estaba enseñando algo que después iba a necesitar aprender solo. La sociedad de masas, decía Caballero. Mi padre no sabía nada de sociedades de masas. Solo sabía que votar era importante. Y eso, al final, es lo mismo dicho con otras palabras.
Velásquez y Carrera Damas lo dijeron también, cada uno a su manera, en libros que he releído sin cansancio: el primero recordaba que el reclamo fundamental de aquellos años era el voto universal, directo y secreto; el segundo habló de la transformación más radical que había conocido la sociedad venezolana desde la ruptura del nexo colonial. Son frases de historiadores, escritas con la serenidad que da el archivo. Pero cuando las leo, no veo archivos. Veo al teniente Francisco Gutiérrez escribiendo a oscuras. Veo al mayor Julio César Vargas conversando con Edito Ramírez en un patio. Veo a mi padre apretándome la mano.
Y Tomás Straka, con una precisión que no admite réplica:
«Con el voto universal, secreto y directo que la Junta Revolucionaria de Gobierno estableció en 1946, la estructura de la república venezolana experimentó su transformación más importante desde su fundación».
La república. La estructura. La transformación. Palabras grandes, palabras verdaderas, palabras que mi padre no habría usado nunca. Pero si le hubieran preguntado qué quería para mí cuando me llevó a votar, habría dicho algo parecido. Habría dicho: que mi hijo pueda elegir. Habría dicho: que no le pase lo que me pasó a mí. Habría dicho: que la mano que le tienda su padre no sea una mano que lo obligue, sino una mano que lo acompañe.
Lo que estos hombres señalan es que, en medio del ruido y las pasiones, hubo un cambio en las reglas mismas del juego político: el poder dejó de pertenecer a unos pocos por derecho propio y comenzó, al menos en el papel, a depender del consentimiento de las mayorías. Pero conviene decirlo sin ingenuidad: el voto universal no resolvió el problema de la desigualdad, ni el de la exclusión, ni el del autoritarismo. Lo que hizo fue algo más modesto y más decisivo: introdujo en la política venezolana un principio de legitimidad que ya no podría ser desalojado sin violencia. A partir de 1945, ningún gobierno pudo reclamar para sí la legitimidad sin invocar, de un modo u otro, la soberanía popular. Ninguno. Ni los que respetaban la ley, ni los que la violaban. Todos tenían que decir que el pueblo los había elegido. Todos tenían que fingir que los votos contaban. Todos tenían que rendirle pleitesía al gesto de mi padre apretándome la mano.
Hay algo casi cómico en eso, y algo profundamente serio: el usurpador que necesita que lo voten. El dictador que convoca a un plebiscito. El que roba las elecciones y sin embargo necesita que las elecciones existan. Es la venganza lenta de las ideas. Es la prueba de que hay principios que no se pueden matar, solo secuestrar. Y los secuestrados, tarde o temprano, vuelven a casa.
EL LUGAR DE LA ESCRITURA
Yo escribo esto en un cuarto cerrado. Es 2026. El terremoto que devastó La Guaira me dejó sin vivienda, igual que a miles de familias. Duermo donde puedo. Como lo que me dan. Escribo en una pantalla prestada, con la batería al borde de apagarse. Hace calor. Huele a encierro, a humedad, a escombros. No hay tabaco, no hay tinta, no hay pluma. Hay una pantalla y hay un silencio que no es el mismo silencio de antes. Es un silencio con ruido de fondo: el ruido de los que buscan, de los que lloran, de los que todavía no encuentran a nadie.
Escribo sobre hombres que firmaron «siempre» y no pudieron cumplirlo: no sé si por debilidad, por traición o porque la palabra era demasiado grande para ellos. Escribo sobre un hombre que dijo «excepcional» y dos años después hizo lo mismo. Escribo sobre un país donde el voto universal, directo y secreto fue una conquista, y donde hoy votar no decide nada. Donde votar es como escribir «siempre» sobre una hoja que el viento se lleva antes de que el papel se seque.
No sé si aquellos hombres fueron héroes o ingenuos o ambas cosas. No sé si la palabra «siempre» que escribieron era una promesa o una trampa. No sé si mi padre, cuando me apretó la mano, sabía que el país que me estaba dejando no duraría. No sé si lo sabía y me lo calló para que yo pudiera creer. No sé si creyó él mismo.
Solo sé que aprendí a votar en un país que ya no existe. Y que escribir sobre ese país es la única manera que tengo de volver a él. De volver a la mano de mi padre. De volver al gesto. De volver a la promesa que él no me dijo con palabras, sino con los dedos. Y que yo, ahora, en este cuarto cerrado, sin casa y sin pluma, intento cumplir escribiendo.
***
Tú, que lees esto, ¿sabes el nombre del oficial que tembló al firmar? ¿Sabes si vivió? ¿Sabes si mintió? ¿Sabes qué fue de su mujer, de sus hijos, de su casa? ¿Sabes si alguna vez, en algún cuarto cerrado, se arrepintió? ¿Sabes si le apretó la mano a su hijo? ¿Sabes si le dijo: esto es lo que aquellos hombres querían?
Yo no lo sé. Pero sé que tú y yo estamos en el mismo cuarto. El cuarto cerrado donde se escribe «siempre». El cuarto cerrado donde se promete lo que no se puede cumplir. El cuarto cerrado donde la historia se hace y se deshace. El cuarto cerrado donde los padres aprietan la mano de sus hijos sin saber si el mundo que les dejan estará a la altura de la promesa.
***
Hay fechas que no cicatrizan. El 18 de octubre es una de ellas. No porque no sepamos qué pasó, sino porque no sabemos qué hacer con lo que pasó. No porque no tengamos respuestas, sino porque las respuestas no nos sirven. No porque el pasado nos duela, sino porque el presente nos duele más.
Escribo esto y pienso en mi padre, que me llevó de la mano a votar y me dijo: esto es lo que aquellos hombres querían. No me dijo quiénes. No me dijo cuándo. Solo: esto. Y me apretó la mano. Y yo, que entonces no sabía nada, entendí todo. Porque las cosas importantes no se explican: se aprietan. Se sostienen. Se transmiten sin palabras.
Han pasado los años. Voto todavía. Pero ya no sé qué quiere decir. Ni cuándo podré votar con libertad en elecciones limpias.
Y sin embargo, escribo. Como Francisco Gutiérrez, que dijo lo que había que decir. Como Julio César Vargas, que habló con Edito Ramírez de una política que aún no existía. Como Miguel Nucete Paoli, que nombró la angustia. Como Mario Ricardo Vargas, que se negó a formar un gobierno militar. Como aquellos oficiales sin nombre en el cuarto cerrado. Como Ana Mercedes Pérez frente a Delgado Chalbaud. Como mi padre, que no escribió nada pero me llevó de la mano a votar. Como todos los que alguna vez creyeron que las palabras podían sostener el mundo.
Escribo «siempre». Y la palabra queda ahí, sobre la página, temblando. Temblando como tembló la pluma en el cuarto cerrado. Temblando como tembló la voz de Delgado Chalbaud. Temblando como temblaba la mano de mi padre cuando me apretaba los dedos. Temblando como tiembla todo lo que está a punto de romperse pero todavía no se rompe.
- Nota sobre las fuentes. Las citas de Manuel Caballero provienen de Las crisis de la Venezuela contemporánea (Caracas: Alfa, 1998). Las de Ramón J. Velásquez, de Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez (Caracas: Centauro, 1980). Las de Germán Carrera Damas, de Rómulo histórico (Caracas: Alfa, 2013). Las de Tomás Straka, de «La revolución del voto y el 18 de octubre de 1945» (Prodavinci, 2020). Las de Domingo Irwin e Ingrid Micett, de Caudillos, militares y poder (Caracas: UPEL-UCAB, 2008). Todos los testimonios de oficiales y las palabras de Delgado Chalbaud proceden de La verdad inédita. Historia de la revolución de octubre, de Ana Mercedes Pérez (Caracas: Artes Gráficas, 1947).







