El prodigio lo logra la cuadrícula televisiva oficialista los miércoles en la noche. Son tres horas y media en las que el tiempo, aún después de la relampagueante visita de la Delta Force, parece detenido. La escena política inmutable. No hay aspecto del complejo caos social reinante, ni anuncio estridente de la Casa Blanca que la permee.

Pantalla adentro, esa artificiosa atmósfera triunfalista, que evoca aquellas ráfagas discursivas anunciadoras del arrollador triunfo de Maduro en 2024, deviene burbuja aislacionista, mecanismo defensivo in extremis ante la dramática realidad que atraviesan Venezuela y, sobre todo, el propio conductor del programa: Diosdado Cabello, cuyo cargo ministerial lo responsabiliza ―nada menos― de la preservación de la Justicia y la Paz de la República.

La crisis venezolana no amerita excesos discursivos. Un simple bosquejo: abusiva exacción gringa del crudo criollo sin beneficios a la vista, inflación y dólar en asfixiante ascenso, salario mínimo invisible, servicios eléctrico y agua ocasionales y calentando peligrosamente los cortes de vías y las protestas.

Súmele precariedad alimentaria ―ahora sin CLAP―, derechos humanos aún en mengua y diáspora que no se detiene. Pero no busque eso en las emisiones de El Mazo, la abreviatura que ahorra el infaltable dando, dando y dando, especialidad de la casa. Esa realidad se detiene a la puerta del estudio, que llena un público con obsecuentes eclosiones emocionales propias de ese grupo político al que los paraguayos llaman «izquierda tilinga».

¡ELECCIONES YA!

Desde el 3 de enero de este año, cuando Nicolás Maduro fue sacado del poder y del país por la «resolución absoluta» de la administración Trump, los venezolanos viven en una tensa expectativa por la salida definitiva del chavismo del poder. El clamor es por elecciones democráticas en el 2027, como muy tarde. Y con libérrima participación de todos los actores, incluida la líder de la oposición María Corina Machado.

A cambio han tenido el ofrecimiento de Recuperación, Estabilización yTransición Democrática, proceso del cual la comisión bipartita parlamentaria apenas está tomando la punta de la madeja para aterrizar, tras reformas legales, en un nuevo Tribunal Supremo de Justicia y un nuevo CNE que desaloje la Corte de los Milagros de Elvis Amoroso. Pero el proceso apenas chapotea en un légamo espeso y anaranjado.

En Venezuela, ciertamente, la protesta de la sociedad civil ha ido ensanchando espacios. Y se agrega uno que otro anuncio oficial para aliviar la olla de presión. Pero esos avances no pueden ser considerados como inicio de la transición cuando los cambios institucionales siguen represados.

LA ESTRELLA

El conductor de El Mazo ha desarrollado, sin duda, sus capacidades histriónicas, sin alcanzar las innatas de Chávez, de cuya presencia en gigantografías y videos (repetidos una y otra vez) se sirve a placer, como si fuera su principal heredero. Allí no acepta disputa. Probablemente sea así, por militar. Y por golpista.

Pero ese culto a la imagen que abarca todo el telón de fondo de la pantalla, más la hilera de estatuillas sobre el escritorio, denota una gran orfandad. El principal recurso retórico en el que se refugia perdió su carga revolucionaria después de la acción combinada de la CIA, la DEA y de la Delta Force. No hay consigna revolucionaria, antiimperialista, ni socialista, que valga después de la defenestración de Maduro y la idílica relación de Trump y Delcy Rodríguez. Cuba degradó al régimen de «país aliado» a «país amigo».

Después de varios años en el oficio, el antiguo director de Conatel maneja con maestría el sarcasmo, la burla, la amenaza directa o insinuada, los retos cínicos y la ostentación de un poder sin límites. Le sobra materia prima, que obtiene de los contrarios. Sobre todo mediante el reciclaje de alguna vocería opositora, la más deslenguada y escatológica, para volcarla contra la oposición que lucha por abrirse un espacio legítimo y democrático.

Pero si alguna expectativa se prolonga, con ribetes de alta intriga, es la de cuál será la suerte definitiva del hombre del mazo implacable, rostro visible de la construcción política del miedo como instrumento del control social y de la dominación política. Responsable por sus cargos partidistas y oficiales de la represión del Estado venezolano, cuyo registro de violaciones a una amplia gama de derechos humanos abultan los informes de la ONU y de la OEA. Incluidos, por cierto, los delitos de persecución a periodistas y despojo o cierre de medios.

Y es que más allá de esa cápsula mediática donde se muestra como en tiempos de un poder hegemónico y aplastante, allí donde no tiene cabida una adversidad, el sufrimiento social, un descalabro institucional, un traspié revolucionario, en esa especie de hoyo de avestruz donde finge desenfadada ignorancia de la amenazante marcha de la realidad, las asechanzas judiciales son múltiples y complejas.

UN CERCO REAL

Los señalamientos judiciales contra el hombre del mazo son concretos y formales. Tres en Estados Unidos y uno en Chile. Y están bastante documentados y divulgados urbi et orbi. Hay dos muy antiguos: la famosa causa del Cartel de los Soles y los expedientes federales por cooperaciones con el Ejército de Liberación Nacional de Colombia (2022-2024).

Pero hay otras dos causas cuya sola enunciación parece alejar definitivamente la posibilidad de la envidiada limpieza de sanciones como la que acaban de recibir los Rodríguez, la yunta dueña del patio: violaciones a derechos humanos e involucramiento en el homicidio del teniente Ronald Ojeda, ocurrido en Chile a manos de un grupo del atroz Tren de Aragua.

Hay otros rasgos de vulnerabilidad. En estricto sentido, de aquella poderosa cúpula de seis, que Cabello integraba junto a Maduro, Cilia Flores, El Aissami, Jorge y Delcy, hoy solo quedan activos tres: los hermanos que encabezan el Ejecutivo y el Legislativo con el apoyo irrestricto de Trump, y él, un ministro, un empleado del ramo ejecutivo y por lo tanto destituible como lo fue el titular de Defensa, Vladimir Padrino, hoy dedicado a las labores de labranza y avicultura.

Además, la liberación de los presos políticos, la mayor apertura informativa, el creciente despliegue por el país de los dirigentes políticos y hasta la misma reforma de la oprobiosa Ley Contra el Odio hablan de una disminución: del terror, de la intimidación que se ejerce desde la pantalla (o de su poder sobre la gente), del propio rol crucial de otrora en el proyecto hegemónico y totalitario.

El momento de la demostración de la fuerza y del apresto militar fue la madrugada del 3 de enero. No la hubo, ni lejanamente. Y un torrente de memes, testimonios frescos de las amenazas y de vociferantes retos no cumplidos dejó en la bancarrota aquellas poses de omnipotencia revolucionaria. Hoy se vive de la impostura televisiva. ¿Pero hasta cuándo? Los «gringos del carajo», mire usted qué paradoja, tendrán la palabra final.