Logré escaparme. Corro, corro sin zapatos, corro atravesando el frío, acomodándome un suéter demasiado ligero para este invierno. Corro entre la gente que me mira sorprendida, desconfiada. Siento su rechazo y corro, corro sin estar muy segura adónde voy y veo el anuncio: Commisariat de Police. Sí, voy a hacerlo. Ya no puedo más.

Yo fui, un día, tendencia, como dicen. Mi video lo habían visto más de treinta mil personas. Si no hubiera creído en tantas tonterías y mentiras, yo sería ahora más famosa que la Tigresa del Oriente, que no me llega a mí ni a los talones. La traductora conoce a la Tigresa del Oriente, como todo el mundo, y a mí, la Rosa de Apurimac, nunca me había oído mencionar.

Yo le digo que esta noche no sé dónde voy a dormir, le digo que acabo de escaparme, que me tenían secuestrada. Ella no quiere oírme, la traductora, y me explica que no puede conversar conmigo fuera de la oficina porque son las normas. Ella es de Venezuela. Qué bonito acento. Me recuerda las novelas que veíamos en casa, con mi mamá y mi abuela, cuando yo era una niña llena de gracia que bailaba y cantaba en los actos de la escuela y quería ser estrella internacional.

Ya llevo aquí más de una hora y no me reciben. ¿Por qué demoran tanto? La traductora no sabe y no quiere hablar conmigo. Y yo no puedo averiguarlo y me estoy preguntando si fue buena idea venir, y qué me va a hacer Richard si descubre que me escapé y que vine. No sé qué me da más miedo, si denunciarlo y perderlo, o no denunciarlo y quedarme encerrada y permitir que siga haciendo conmigo lo que le da la gana. Pero aquí estoy y parece que voy a denunciarlo y en unas pocas horas no voy a tener dónde dormir.

Soy artista. Cumbias, seño. Dígale a la agente por favor que soy peruana y que lo mío son las cumbias. Si quiere le muestro mis videos de Youtube. Vine a París de gira, con el grupo. Los primeros días nos pusimos a cantar en la calle, pero mis compañeros fueron desapareciendo, no se presentaron más y de pronto me vi sola.

Yo había conocido a Richard los primeritos días, apenas llegandito a Francia, en un bar latino donde tocábamos. Era la única persona a quien podía acudir cuando no encontré a mis compañeros, y lo llamé. Él me llevó a la chambre y ahí me echó la llave y me dijo que no me moviera porque me podía meter en problemas, que aquí no se podía andar sin visa y que era peligroso si me la pedían.

Y así fue pasando el tiempo y él se fue enamorando de mí. Nunca me engañó. Desde el principio me dijo que era casado, que su esposa era francesa y que gracias a eso estaba aquí legal, porque él es de Honduras. Entonces, seño, dígale a la agente que Richard me llevaba comida y agua todos los días, y me prestaba su teléfono para llamar a mi hija, que vive en Chile. Él le ha mandado dinero tres o cuatro veces, agente. Yo me enamoré por todo eso. Y así fue pasando el tiempo y un día le dije que yo no quería ya estar encerrada. Se enojó mucho, me gritó y me dijo «más vale que no te quejes y que te quedes bien quieta, malagradecida. Te doy techo y comida ¡y ahora además quieres pasear!». Me asusté mucho. Era la primera vez que lo veía en ese estado, como loco. Ese día se llevó mi pasaporte.

Me da vergüenza llorar y que el maquillaje se me vuelva agua negra y manchas en la cara. No entiendo cómo pudo pasar todo esto. No sé cómo llegué a este hueco donde estoy y no sé cómo salir de aquí.

Dígale, por favor, seño, a la agente, que yo no quiero volver a la chambre. Que me ha violado muchas veces. Que me golpea. Que me obliga a hacer cosas que me duelen. Que me obliga a hacer cosas humillantes. Sí, recientemente. Mire usted: estas son las marcas de sus golpes. Mire mis piernas, cómo las tengo, mire nomás.

¿Al médico? No, no he ido al médico. Sí, pues, me gustaría ir. Pero lo peor no son los golpes, ni siquiera las cosas que me obliga a hacer. Sino las amenazas. Lo que me hará, dice, si no lo complazco en todo. O si me quejo. O si no soy agradecida. Un día llegó furioso a la chambre porque había peleado con su esposa. Me dijo «te voy a comer». Es una broma, pensé, y casi me río, pero él estaba tan violento que no me atreví. Me amarró a la silla y me puso un video. Y me dijo: «tú vas a ver lo que es un hombre de verdad. Te voy a mostrar quién es mi guía, el hombre que algún día yo voy a llegar a ser». Y me puso, seño, un video de un compatriota suyo: Dorangel, ¿lo conoce? Sí, agente, es un caníbal que se comió a más de diez personas. Y antes de comérselas, les brindaba cariño.

Él dice que yo aquí no tengo a nadie. Que si me mata nadie se va a preguntar dónde estoy. No, seño, no tengo dónde dormir esta noche. No, ni familiares ni amigos tengo aquí.

—La agente quiere informarle que usted podrá, desde hoy mismo, alojarse en un hotel para personas sin vivienda. Ahí estará segura. No es una solución a largo plazo, pero le permitirá resolver la emergencia y pensar cómo salir de este problema.

—Sí, seño. El problema es el dinero.

—No tendrá que pagar nada. La agente quiere explicarle, también, que para proseguir con la denuncia tiene que hacerse ver de inmediato por un médico. Es necesario que el forense constate las lesiones y envíe un informe a la comisaría.

—¿Y qué médico es? ¿Cómo voy a verlo?

—Yo la acompaño, ahora mismo, al hospital correspondiente. La consulta es gratuita. Si el médico entrega el informe de sus lesiones hoy mismo, en pocas horas el señor Richard será detenido y comenzarán las averiguaciones.

—Bueno, seño. Dígale que muchas gracias. Que me apena mucho todo esto.

—No se preocupe. Estas cosas pasan. ¿Vamos?

—Bueno, vamos. Nomás voy al baño, ¿sí?

La Rosa de Apurimac se esfumó en el viento de esa noche precoz de enero. No la encontramos en los pasillos de la comisaría, ni en los baños, ni en las calles adyacentes, ni en la dirección que había dado, la de su chambre.

Las veces que, caminando por París, he visto bares o restaurantes latinos, he entrado a preguntar si la conocen. Cuando en alguna estación de metro suena música andina, o una voz de mujer canta cumbias o boleros, busco sus pestañas y su larga cabellera negra. Y me pregunto si ya Richard es un hombre de verdad.

Tomado del volúmen “Combustión y otros relatos”. Editorial Eclepsidra, 2025.