El problema con la desaparición de las librerías es que, con ellas, puede desaparecer un país entero y eso sí es verdad que sería una desgracia. Un país que ha sobrevivido al chavismo ―o al menos lo está intentando― no merece tal fin. Las librerías no pueden desaparecer. Entre todas ellas, Noctua menos que ninguna. ¿Cómo dibujar con palabras al librero Andrés Boersner si en su alma peregrina habita el Monje Loco y más atrás el periodista Tintín? Ahí está Andrés en la foto, despachándose un vino blanco, cayéndole a historias al poeta Cadenas, que a su vez se las entiende con un tinto. No se sabe qué le dice el librero al poeta, pero al poeta es fácil adivinarlo por la mirada: Musa, concédele al librero las palabras justas para su tarea: no decir lo que se espera… Y que se encuentre siempre por encima de la pesadumbre.

El universo es un lugar bastante amplio donde todas las fantasías son posibles, además de las galaxias y todas esas cosas. Pues bien: una buena librería es un universo. Suma lo era. Cruz del Sur lo era. Pensamiento Vivo lo era. Noctua lo es. Si las librerías venezolanas terminan por desaparecer, con ellas podrán desaparecer el humanismo, la camaradería y el humor. Esas tres palabras son esencia de muchos venezolanos o, mejor dicho, su salsa. El librero Andrés Boersner, el de la foto que ha tomado Giusseppe Di Loreto durante una tarde de primavera de 2016, es el dueño de Noctua ―en el Centro Plaza de Los Palos Grandes― pero Noctua se haya invernando desde hace meses, tal vez años. Después del doble terremoto, todavía peor. Esa librería, desde el recuerdo, es una película de los años cincuenta protagonizada por Humphrey Bogart y dirigida por Billy Wilder. Es decir, una tragicomedia en clave de cine negro que te deja un aliento entrañable. Andrés es eso. Me escribió un día, hace cinco años, informándome de ciertos asuntos acerca de los cuales habrá pensado, no sin agudeza, que yo debía enterarme:

Roberto Antonio fue un solista muy popular de Los Melódicos, desde mediados a fines de los 80. Después hizo carrera en solitario. Su gran éxito fue «Mi cocha pechocha», que seguramente recordarás (…).

Líneas más abajo alude a mi condición de miembro de la diáspora asentada en Madrid:

Me alegra que vivas en una ciudad como Madrid. Te recomiendo una librería con la cual me identifico mucho: Librería Méndez. Queda en la Calle Mayor, 18. A pocos pasos de la Plaza Mayor. Su librero principal es Antonio Méndez y su ayudante se llama Alberto.

LAS TARDES DE LOS VIERNES

Los libros de Noctua se ofrecían al tacto y al olfato. El tacto variaba pero el olfato siempre decía «humedad». Esa parte del Centro Plaza tenía desde su nacimiento algún problema con las cañerías, por esa zona a veces olía feo. Pero la de Noctua es una humedad que puede ser añorada, no me explico el porqué. Los libros son lo que escuchas cuando lees ya que todo signo lingüístico es cuestión inherente al oído. Los libros que se traía Andrés en sus faltriqueras, desde España, o desde las sombras del puente Fuerzas Armadas en la Avenida Urdaneta, conservaban su humedad de fábrica o desde alguna tarde lluviosa que tocó a las puertas de sus lomos. Andrés siempre andaba de chemise Lacoste, riéndose socarronamente tras lanzarte algún artefacto verbal cargado de sarcasmo.

Las estanterías de Noctua estaban provistas, en parte, de ejemplares que cada año le compraba al señor Méndez.

Andrés nunca ha sido sensato. A través de él, simplemente uno entiende que la sensatez en realidad no sirve para nada en la vida. Conservo una pirámide de fantásticas imágenes, como la que encabeza esta nota, que nuestro común amigo Giuseppe Di Loreto hizo en casa de Andrés y Magdalena, la musa particular de Andrés. Acudían a esas citas de los viernes por la tarde tres o cuatro amigos y se ponían a tomar vino. Durante las sesiones de fotos con Giuseppe estuvieron Javier Marichal (otro gran librero), el periodista Boris Muñoz y Rómulo Castellanos, hijo del fundador de La Gran Pulpería del Libro Venezolano. Rómulo ha echado sobre sus hombros ese almacén de antigüedades situado frente a la Alianza Francesa.

Por las caras que ponen en las fotos, Andrés les mostraba objetos ―todo tipo de tesoros y algún que otro cachivache, seguro― curiosos, fascinantes, dentro de la biblioteca familiar que semeja un batiburrillo sumamente anárquico. Los invitados se muestran asaz interesados ante cada objeto que les mostraba el hospitalario Andrés.

También hicieron fotos en la propia librería. De esas sesiones ha de salir un libro algún día. Quizás, mientras tomaban vino y observaban tesoros, discutieran acerca de algún tema baladí. Los temas baladíes son los más recomendables para gente que lleva un mundo interior tórrido y tumultuoso. Despachar a placer un tema baladí debe de ser muy divertido. Ahí tienen el retrato de un hombre en pleno proceso de manoseo de un tema baladí. Es Andrés, sin ir más lejos.

Librerías

LA VENTAJA DE ANDRÉS

La ventaja de Andrés es la de nunca haber estado muy en sus cabales. ¡A quién se le ocurre insistir con esa librería, comprada a un grupo de profesores de la UCV (en los años noventa) que se había complotado en los ochenta para instalarla en algún recoveco del centro comercial, donde ya había al menos tres más, y bien provistas, una de ellas la Americana!

Noctua no ha desaparecido, como se ha dicho de entrada; pero se encuentra en estado de hibernación, un estado fisiológico de adaptación al invierno. Noctua solo inverna mientras llega alguna clase de primavera. En primavera amanecerá el país aun con sus costuras rotas. Noctua quedó en estado de catalepsia tras la inundación, la pandemia y, ahora, el doble terremoto. Duerme en el arcén como una locomotora a vapor, de juguete, abandonada al polvo y a su suerte. Pero este no es el perfil (o semblanza) de una librería sino de un chico medio pelirrojo de semblante bretón que siempre leía a Tintín, pero sobre todo a Milú, a quien prefería por hacer arf, arf.

EN ESTA CIUDAD HAY UNOS CUANTOS MONJES LOCOS

Lo primero que me contó Andrés cuando lo entrevisté fue lo divertido que le había resultado siempre El Monje Loco. Yo no conocía al personaje pero a través de Boersner entendí su locura, que es muy atávica y muy siniestra y muy divertida. Escribí todo lo que me contó Andrés, incluyendo su admiración por otros libreros, su encuentro con Rómulo Betancourt en Suma y muchas otras vicisitudes; luego nos vimos por casualidad en una tienda gourmet que quedaba en la Primera Avenida de Los Palos Grandes (sí, la misma que ahora alberga tanta desazón) y pensé que me iba a felicitar, que se mostraría encantado con el texto, etcétera. No. Me indicó a bocajarro que en tal línea había una imprecisión. Eso fue todo.

El Monje Loco era un desquiciado desde la primera página de cada entrega. Comenzaba tocando el órgano en el sótano de su castillo, carcajeándose y anunciando que nadie sabía la historia de la Mujer Rata. De modo que él echaría el cuento, y tras narrar las aventuras de la Mujer Rata desearía, en la penúltima página, dulces pesadillas al público lector.

Más tarde me hablaría, con mayor confianza y más distendido, de algunos clientes particulares. Tras escucharle con suma atención, uno podía concluir que no todos los que traspasaban aquella puerta de vidrio era gente recomendable. Una vez alguien entró inquiriendo si vendían tornillos o alicates.

En otra ocasión fue solicitado el diario de la visita del geógrafo Alexander von Humboldt a Venezuela, ¡hacia 1942!

—Mire usted, ese libro no existe. Humboldt estuvo acá en Venezuela a finales del siglo XVIII.

El cliente insistía. Argumentaba que había leído acerca de aquel asunto y que se trataba de un viaje que Humboldt realizó en automóvil. El librero le comentó, entonces, sobre una visita de un descendiente de Humboldt a Venezuela a principios del siglo XX, pero no había dejado ningún diario. Nada de eso. El cliente montó en cólera e insistió en que se refería a Alexander von Humboldt.

—Escuche: Humboldt murió en 1859. Fue amigo de Simón Bolívar. Es completamente imposible…

El caballero, enfurecido, se marchó.

Otro caso: dama aficionada a la metafísica. Leía de todo pero tendía a quedarse enganchada del tema Conny Méndez. La adornaba un talante místico. Cierta vez preguntó por un libro, supuestamente editado por Time, donde habría aparecido una historia de la fotografía del infinito.

—Eso debe ser algo como muy abstracto —comentó Andrés para disuadirla de tal búsqueda.

La señora lo tomó como una burla (no debe culparse por esto a la señora, muchas veces uno no sabe cuándo habla Andrés en serio y cuándo no). Había visto el libro, como aquel caballero ya referido había visto el de Humboldt escrito en el siglo XX. En todo caso, Andrés contó que se había quedado dándole vueltas al asunto. «Oye, ¿cómo podría ser una fotografía del infinito? Debe ser una experiencia muy mística», decía para sí, mesándose los cabellos.

A menudo llegaba por la tienda un señor mayor con una hija, quien le precedía unos pasos atrás. Se ponía a recorrer mesas y estanterías. La trataba como una especie de mucama, advertía a los dependientes que tuviesen cuidado con ella pues acostumbraba hurtar libros.

—¡Cuidado con mi hija! —exclamaba nada más entrar— ¡Es una ladrona!

La hija, contrita y sumisa, callaba. Parecía, la pobre, una acólita a quien apenas se le ha permitido el goce de acompañar a su señor de lejitos.

—Siéntate ahí —mandaba el padre.

*

Después de todos estos años resulta que Noctua es un ser (o una suerte de ser) en terapia intensiva que acaso se levante un día de estos. Como el país. Andrés Boersner debería saber, de todos modos, que tiene una legión de amigos, lectores serios o simples fanáticos del Monje Loco, que bien le quieren.