En mayo de 2000 descubrí a Piotr Dumala, polaco y dibujante de animación que ha hecho una serie de cortometrajes animados. Uno, Franz Kafka (1991), trata de algunos de los temas recurrentes del escritor, como el del individuo que cada día al levantarse se siente como una cucaracha de la que todos se quieren desprender y nadie quiere cerca. O el tema del sinsentido de la burocracia y de las absurdas expectativas que las familias tienen para los hijos, según su sexo y su orden de llegada al mundo. Es un corto en blanco y negro y mudo.

Entonces, busqué y vi la película escrita y dirigida por Orson Welles, inspirada en la novela de Kakfa El proceso, película (1962) que abre y cierra con unos dibujos que podrían haber sido de Piotr Dumala si éste no hubiera tenido entonces 6 años. Joseph K (Antony Perkins) igual termina mal y sin saber siquiera cuál es el crimen que se le imputa, pero al contrario de otros señores K éste de Welles usa la palabra para enfrentarse al tribunal, al abogado «defensor» siempre indiferente (O. Welles), a los otros falsos culpables como él que guardan silencio, a sus compañeros de trabajo que se prestan a dar falso testimonio como quiere la policía.

El palacio de los sueños, de Ismail Kadaré y la Invitación a una decapitación, de V. Nabokov, han sido las novelas influenciadas por Kafka que más me han gustado. Kadaré y Nabokov vivieron la arbitrariedad del sistema de justicia comunista en Albania y la URSS, respectivamente, que Kakfa (m. 1924) no llegó a vivir en Praga, por suerte, pero que vislumbró en la arbitrariedad de las normas familiares, laborales y de Estado que los estalinistas solo llevarían a un nivel superior en Europa del Este y ahí donde han llegado a gobernar. No en balde ese fue también un tema en el cine cubano desde el comienzo, como Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutierrez Alea; Plaff (1988), de J.C. Tabío; o Guantanamera (1995), de los dos, Gutiérrez y Tabío (1995), para mencionar sólo tres que me encantaron en su momento.