En la sala solo se oía el roce de una chaqueta y el crujido de un asiento. Éramos catorce: cuatro jóvenes, diez adultos mayores, cuatro con bastón. Lucy estaba a mi lado. La luz azulada caía sobre las butacas vacías y la película de Carlos Oteyza, 1936, el año en que se perdió el miedo al poder, comenzó sin aviso, con esas imágenes de archivo que tienen el grano de lo verdadero. Desde el primer minuto tuve la sensación de que no estaba viendo un documental sobre el pasado, sino un espejo que alguien había colocado frente a mi cara.

Oteyza, con la sobriedad de quien conoce el valor del silencio, ha construido algo más que una reconstrucción histórica: ha construido una advertencia. Y las advertencias, cuando se hacen con talento, se padecen.

LA HISTORIA

Documental de Carlos Oteyza

En la pantalla, un hombre viejo agonizaba en una cama de hierro. Era diciembre de 1935 y Juan Vicente Gómez se moría de próstata, sin estruendo, sin balas, sin gritos, como se apaga una vela vieja. Había gobernado veintisiete años con mano de hierro y, de pronto, dejó de existir. Lo que vino después no fue una revolución: fue un despertar. Los presos salieron de las cárceles, los exiliados regresaron, las familias se reencontraron en los puertos y en los aeropuertos. Y también hubo saqueos, resentimientos, una rabia acumulada durante décadas que estalló de golpe y sin programa. El país, que había aprendido a callar, descubrió que tenía voz. Esa voz no era armoniosa: era ronca, desesperada. Pero era suya. Y tuvo que aprender, a golpes, que la libertad no es solo el derecho a gritar, sino también la responsabilidad de escuchar.

Oteyza no deja nada por fuera. Muestra al general Eleazar López Contreras, heredero del gomecismo, gobernando con la mirada puesta en una sociedad que ya no aceptaba ser tratada como una hacienda. Promulgó el Programa de Febrero, facilitó la partida de la «Sagrada Familia» hacia Curazao —un vapor pequeño, unas maletas, el silencio de los que se van sin despedirse—, dispuso la investigación de la riqueza mal habida del tirano. Fue un gesto de inteligencia política: el poder, para sobrevivir, tenía que cambiar con el país. El país empezó a organizarse. Nacieron partidos, se levantaron sindicatos, y las huelgas dejaron de ser un delito para volverse una costumbre. La más honda fue la de los obreros del petróleo: treinta y nueve días, del 14 de diciembre de 1936 al 22 de enero de 1937, con los campamentos a la orilla del lago de Maracaibo y las antorchas encendidas en la noche. Aquel pulso midió la nueva fuerza de la calle y también el miedo del poder a esa fuerza.

Pero la transición tenía límites.

El 26 de marzo de 1937, a las 5:30 de la tarde, con la luz todavía alta sobre el puerto, veintitrés dirigentes de los cuarenta y siete expulsados partieron de La Guaira a bordo del Flandre. Iban Jóvito Villalba, Raúl Leoni, Gustavo Machado. El gobierno les entregó unos bolívares para el viaje, mil a los solteros y dos mil a los casados, como quien paga una cuenta pendiente. El miedo había retrocedido, pero no había desaparecido: apenas cambiaba de forma. El Flandre se llevó a aquellos hombres, no sus ideas. Por acá quedaron otros que, como Rómulo Betancourt, pasaron a la clandestinidad. ¿Hasta cuándo el poder puede decidir quién tiene derecho a hablar?

90 AÑOS SÍ SON ALGO

Documental de Carlos Oteyza

Vi la película en 2026, noventa años después. Escribo desde un presente que todavía se parece demasiado a aquel diciembre. El 3 de enero de 2026 no fue un dictador muriendo de viejo: fue un dictador arrancado por la fuerza de una operación militar extranjera. La violencia no fue el final natural de un ciclo, sino el inicio abrupto de otro. En 1936 el miedo se perdió porque el poder se desvaneció; en 2026, el miedo se ha ido desvaneciendo poco a poco porque el aparato represivo se mantiene intacto, aunque por ahora inmóvil. Un tirano que muere en su cama deja un país huérfano pero intacto; uno arrancado por la fuerza deja un país herido, con heridas que tardan en cerrar. Y las heridas, cuando no se curan, se infectan. En 1936, el país despertó de una pesadilla. En 2026, ha despertado, pero la pesadilla no termina de disiparse. Hay monstruos que se esconden en los rincones.

La transición de 1936 fue un parto lento, negociado entre las élites y las calles. La de 2026 es un alumbramiento traumático, tutelado desde el exterior, con una hoja de ruta que habla de renovar el Tribunal Supremo y el Consejo Electoral, pero que no puede renovar de un día para otro el alma de un pueblo acostumbrado a sobrevivir. Y, sin embargo, el 24 de octubre, cuatro meses exactos después del terremoto del 24 de junio que sembró de miedo y de escombros algunas regiones, María Corina Machado regresó.

Su recibimiento popular fue extraordinario. La gente en las calles, los rostros, las manos, los gritos, las franelas rotas por el sol. En un país donde durante años el miedo se disfrazó de prudencia, volver a ver a la gente en las calles es un síntoma que ningún analista debería despreciar. La alegría también es una forma de política. Machado no es una heredera del poder, sino una adversaria. Su regreso no fue un acto de gobierno, sino un acto de pueblo.

EL VÉRTIGO DE LA LIBERTAD

Documental de Carlos Oteyza

El gran mérito del documental de Oteyza es que no se limita a contar lo que pasó. Muestra el rostro de una Venezuela que descubría el vértigo de la libertad. Y ese rostro, noventa años después, se parece demasiado al nuestro. También ahora los presos políticos han comenzado a salir, los exiliados han empezado a volver, y las calles vuelven a llenarse de voces. Pero hay una diferencia que Oteyza subraya con datos: en 1936 éramos tres millones de habitantes, casi todos analfabetos y pobres. Hoy somos más de treinta millones, y la pobreza, aunque distinta, sigue royendo los cimientos de la convivencia. La escala del desafío es otra. No basta con abrir poco a poco las puertas de las cárceles ni con permitir por goteo el regreso de los exiliados. Hay que reconstruir un país acostumbrado a la escasez, a la rabia, a la desconfianza. Y eso no se hace con decretos ni con operaciones militares. Se hace con tiempo, con instituciones, con una paciencia que no siempre abunda en quienes han sufrido, y con una generosidad que no siempre abunda en quienes han ganado.

La pregunta, entonces, no es si 2026 será como 1936. La pregunta es si seremos capaces de perder el miedo de verdad, o si apenas lo estaremos cambiando por una nueva forma de costumbre. Porque el miedo no siempre se manifiesta como terror. A veces se disfraza de resignación, de cinismo, de esa liturgia del hastío que se repite en las ciudades: el sonido áspero de las cacerolas, el chispazo de un neumático quemado, la silueta de un vecino que cierra la puerta y ya no cree en nada. Ese es el verdadero enemigo de toda transición. No el tirano que se va, sino el miedo que se queda a vivir en nosotros, convertido en paisaje. Contra eso no hay decreto que valga ni operación militar que lo desaloje. Hay transiciones que fracasan no porque el tirano se aferre al poder, sino porque el pueblo no termina de creer que la libertad sea posible.

Aplaudimos con convicción. Salí del cine con la sensación de haber visto una película que no se ve, sino que se padece. En la calle, la luz de la tarde caía sobre los carros estacionados y una mujer vendía café en un termo.

Oteyza nos invita a mirar el pasado no para repetirlo, sino para entender que la libertad no se decreta: se conquista todos los días. En 1936, el país se atrevió a perder el miedo al poder. En 2026, el poder ha cambiado de manos, pero el miedo sigue allí, agazapado. La transición no es un cambio de gobierno; es un cambio de costumbre. Y esa costumbre —la de exigir, la de fiscalizar, la de no volver a arrodillarse— apenas comienza a escribirse. Ojalá que, cuando la historia pase la página, no tengamos que lamentar haber perdido el miedo solo para recuperar la resignación. Porque el país que Oteyza retrata no era un país de héroes. Era un país de gente común que, un día, decidió que ya no tenía nada que perder. Y esa decisión, noventa años después, sigue siendo la única que verdaderamente importa.