El Premio Nobel de Economía representa el máximo reconocimiento a la investigación científica en esta disciplina. Sus postulados ofrecen marcos innovadores para optimizar el diseño de políticas fiscales, monetarias e institucionales, permitiendo a los Estados gestionar las crisis de corto plazo y cimentar las bases de un crecimiento económico equilibrado de largo plazo.

En este año 2026, el galardón les correspondióa los economistas estadounidenses Robert E. Hall y Michael Woodford. Ambos demostraron cómo las decisiones de hogares y empresas sobre consumo, ahorro y fijación de precios están guiadas por sus expectativas de futuro, y no solo por datos del presente.

Asimismo, sus aportes evidenciaron que la comunicación y coordinación estratégica de las autoridades en la aplicación de las políticas monetaria y fiscal ejerce un papel determinante para anclar dichas expectativas e impulsar la economía en la dirección adecuada.

Sin embargo, en la visión de un crecimiento equilibrado de largo plazo, el manejo de las expectativas y la coordinación de las políticas económicas es una condición necesaria, pero no suficiente. Es fundamental disponer de instituciones democráticas que den plenas garantías a las inversiones nacionales y extranjeras.

En ese contexto, resulta de gran relevancia rescatar la contribución de los galardonados del año anterior: el Premio Nobel de Economía 2025 fue otorgado a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson, por demostrarque el crecimiento económico sostenido depende crucialmente de instituciones inclusivas y del Estado de Derecho: tribunales independientes, reglas del juego claras, combate real a la corrupción y respeto estricto a la propiedad privada.

La sinergia de ambos postulados representa la optimización de una estrategia de crecimiento de largo plazo con bienestar social, la única vía que permite a las naciones romper el ciclo estructural de la pobreza.

LA IMPORTANCIA DE LAS INSTITUCIONES

El 14 de septiembre de 2022 publiqué un artículo titulado «Fuera de radar». Fue una metáfora aplicada a los países donde prevalecen las expectativas adversas para la población y las empresas, y donde están ausentes las instituciones garantes del Estado de Derecho.

De aquel artículo:

El radar es un sistema para la detección de objetos utilizado en la aeronáutica y la navegación. Pero se puede estar fuera del radar en la tierra, viajar de forma furtiva sin emitir ondas de información. De esta forma el Estado no solamente queda fuera del radar global, sino que se mantiene a oscuras, sin orientación ni información a su propia población.
En el caso de Venezuela, no hay cifras de la gestión fiscal: ingresos ordinarios petroleros y no petroleros, presupuesto nacional, contraloría, endeudamiento, saldo de la deuda interna y externa. Se sabe que el déficit fiscal es estructural y que la brecha la han cerrado históricamente con emisión monetaria e inflación. Existen acuerdos internacionales para la recopilación deestadísticas sociales y económicas con el Banco Mundial, el BID, el FMI y la CEPAL. Hay países que no cumplen cabalmente, pero en el caso de Venezuela no se suministra información alguna; su objetivo es estar Fuera de Radar de las métricas macroeconómicas.
El país desapareció de los listados de las agencias calificadoras de riesgo tras su default en noviembre de 2017.A partir de ese momento se apagó el radar del mercado financiero internacional.

Durante veintisiete años, el modelo político del chavismo-madurismo se ha caracterizado por la destrucción institucional y la consecuente formación de expectativas negativas para las empresas y la ciudadanía.

Al desmantelar las instituciones garantes de la estabilidad económica y eliminar la autonomía del Banco Central, se volvió imposible coordinar políticas económicas coherentes en lo fiscal, monetario y cambiario.

REAPARECER EN EL RADAR

En el plano histórico, Hugo Chávez decidió alejar a Venezuela del FMI. En la actualidad, el interinato de Delcy Rodriguez, obligada por sus circunstancias sobrevenidas del tutelaje por parte de la Casa Blanca, inició conversaciones con el FMI para abordar el tema de la reestructuración de la deuda externa.

De esta forma, Venezuela intenta reaparecer tímidamente en el radar internacional. No obstante, para que ese retorno sea real, es indispensable poner en orden las cuentas nacionales e iniciar la publicación transparente y sistemática de los indicadores macroeconómicos.

La aplicación de los postulados de los premios Nobel, en un país que ha permanecido en las sombras por tantos años, representa un reto titánico.

La apertura actual de la economía venezolana se da en un contexto de transición política volátil y bajo esquemas de «concesiones» y acuerdos específicos tutelados políticamente.

Estos pactos pragmáticos no provienen de un fortalecimiento integral del Estado de Derecho, ni de una refundación de la seguridad jurídica generalizada. Mientras persista este vacío institucional, el crecimiento económico de Venezuela seguirá siendo un espejismo transaccional de corto plazo, lejos de la senda de desarrollo sostenible y bienestar social que tanto implora la sufrida población venezolana.