LA GACETA VIRTUAL apunta a construir, como quien construye una casa de juguete con piezas metálicas, de madera o plástico que pondrá en una repisa. No hay tanta ambición en este propósito, ¿verdad? Una casita en la repisa. Por cierto, Anne Carson, la poeta canadiense ganadora del Nobel de Literatura este año, dijo en estos días algo (o lo dijo hace tiempo pero lo rescataron de algún archivo a propósito del premio) igualmente poco ambicioso: que la tarea de un escritor es fijarse ―ponerle atención, tomar nota, reflexionar acerca de ello― en las pequeñas cosas. Porque la tarea de fijarse en las grandes cosas hay que dejársela a Descartes (aduce ella).
«Fijarse en las pequeñas cosas hace la diferencia», dice la autora de La belleza del marido. ¿Por qué? Porque usualmente estamos llenos de estereotipos, tan simple como eso. No podemos abarcar la realidad sino con estereotipos. A esa palabra recurre la Carson, estereotipos.
El paisaje psicológico de un país puede hacerse de estereotipos. Tal vez tengamos la idea muy negativa de que Venezuela es un fracaso, que el país es catastrófico y que las cosas han salido mal para los venezolanos porque elegimos mal y nos ha caído una especie de maldición. Hasta la naturaleza la tenemos en contra, ahí está el doble terremoto para mostrarlo.
Sin embargo, la tarea que se ha impuesto este portal es fijarse en algunas pequeñas cosas: procesos, emprendimientos o personajes. La memoria colectiva, revisada. El humor, rescatado. Los fenómenos políticos y sociales, analizados con modestia y rigor, sin estereotipos. Nos proponemos fijarnos. Fijarnos en los mecanismos. Fijarnos en el pasado, que lleva su carga particular y la ha traído hasta acá. Fijarnos en un logro tal vez modesto, buscar una mirada inusual. Fijarnos en lo menudo que tal vez un día sea grande.
Al lector le toca poner las cosas en la balanza, pensárselas en su conjunto; de este modo su fuero interno se amoblará más prolijamente. Aquí encontrará la voluntad de sobrevivir en el exilio desde el talento artístico, La Guaira idílica vista desde la infancia. O una poeta y periodista olvidada que fue feminista antes del feminismo (lo que hacía por encima de todo era preguntar); una mirada criolla sobre Miami, una transición que es como la guabina, una mujer de hoy que combate el dolor tras los seísmos con libros infantiles. En conjunto, pueden verse como ladrillos en un muro.
En esas historias ―y en otras eventualmente oscuras, rocambolescas o desconcertantes― creemos quienes trabajamos en este lado de la pantalla. ¿Por qué? Porque pensamos, luego escribimos.






