A la una y quince de la tarde, Juan Santana logró llegar a su carro para salir de Chuao. Recuerda la hora exacta porque en ese momento consultó el reloj. Se iba para su casa junto con su familia: mujer, cuatro hijas y el esposo de una de ellas. Todos habían estado en la concentración. A Santana lo embargaba el disgusto por el cariz que al final había tomado el acto, por la marcha hacia el centro. “Esto fue manipulado, aquí tiene que haber un manejo”, expresó descompuesto. El repique del celular atajó su malestar.

—¡Ten cuidado! —lo alarmó un viejo conocido cuando tomó la llamada.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Hay francotiradores apostados.

—¡¿Contra la manifestación?!

—Sí, contra las personas que van adelante.

—¿Pero contra quién? —entre asombrado y nervioso, Santana insistía en especificaciones.

—¡Coño, vale!... Hay francotiradores, salgan de ahí —le soltó el conocido, creyendo que el petrolero estaba entre los que se movilizaban hacia la avenida Urdaneta.

Juan Santana, de un porrazo, entendió la connotación: “Hay francotiradores”. Se aterrorizó. Confiaba en su interlocutor, alto ejecutivo de una empresa de distribución nacional al que conocía desde hacía unos tres años; sabía que tenía acceso a información delicada. Cada vez que intercambiaban opiniones, en reuniones informales entre conocidos, sus análisis del entorno asumían perspectivas distintas a las del resto, aunque él siempre hablara como lanzando hipótesis o puntos de vista.

—No sé si te dé tiempo de avisar —oyó, luego de que le mencionara unas ubicaciones—, pero tienes que avisar que los están esperando.

Santana ignoraba que quien lo había llamado, antes de hablarle a él, había intentado en vano contactarse con otras cinco o seis personas. Había probado con un político, luego con un empresario, después con alguien de una ONG, hasta que resolvió discar los números de petroleros. De todo el listado, solo Juan Santana respondió. El asunto era grave. A las nueve y media, el gerente de Seguridad de la empresa que dirigía le había llegado con la información de una fuente muy confiable: un coronel de la FAN. “El gobierno está planificando poner francotiradores”. ¿Francotiradores? El ejecutivo pidió confirmación. Sus subalternos ya estaban en eso, cruzando datos, hablando con otras fuentes para ver si la especie tenía sentido. Tres horas después llegó la validación:

—Esa es la información que tenemos —había corroborado un comisario de la PTJ.

—Pero eso es… ¡ya mismo! —se alarmó el directivo.

Desde 1999, los hombres de seguridad de su compañía se jactaban de que podían saber con anticipación —y bastante precisión— movimientos gubernamentales importantes. “Las fuentes eran muy abiertas”. Quizá por inexperiencia de los funcionarios, porque a algunos les gustaba exhibirse y ufanarse; quizá porque la nueva administración aún no tenía un aparato de seguridad bien estructurado, porque no contaban con asesores expertos o no les hacían caso, los hombres del gobierno cometían errores y en muchas ocasiones eran indiscretos y hablaban de más. Por eso es por lo que, con una antelación de tres o cuatro días, en su directorio podían conocer qué era lo más probable; cuál, el escenario posible. Pero el 11 de abril fue distinto. La decisión se filtró el mismo día con apenas horas de adelanto. De ahí el sobresalto. Su jefe de seguridad le advirtió: el asunto cambia totalmente la dinámica. Un francotirador es un tipo adiestrado y tiene un objetivo. Un solo francotirador, si es bueno, en cuestión de minutos puede causar muchas bajas. Y si es malo, también. Con tanta gente movilizada, no hacía falta ni apuntar. Pensó en una estampida. Y, más que preocuparse, se asustó. Por el daño masivo, pero también por los daños específicos de los que habló el subalterno —blancos quirúrgicos fue la frase—. Contrariamente a su normal proceder, rompió el protocolo y decidió compartir la información. Y también contrariamente a lo acostumbrado, tomó el teléfono y llamó. Jamás se había visto en esa disyuntiva. Para temas delicados concernientes al trabajo o a su vida privada prefería el trato directo, nunca una conversación telefónica. Ni siquiera un comentario. Era su costumbre. Partía del principio de que los teléfonos estaban intervenidos. O, como mínimo, se podía “ligar” la conversación. En ese momento llamó, porque “el evento está encima”. No había tiempo; de una forma u otra tenía que alertar. El hecho de que se hubieran enterado prácticamente a minutos de que se tomara la decisión (que después esperara a confirmarla, es otra cosa) les indicaba a los suyos y a él que el gobierno había preparado varios escenarios. Es obvio, analizó el jefe de seguridad: el nivel de protesta había ido creciendo en frecuencia, en número de personas y en la vehemencia de los reclamos; en consecuencia, en el gobierno se armó un plan con varias aristas; dependiendo de cómo se desarrollaran los hechos o la información de inteligencia con que contaran, se activaría una u otra opción. Debían haber considerado la posibilidad de una manifestación en la avenida Urdaneta. No estarían seguros, pero estaban preparados. Cuando estuvieron seguros, dieron luz verde. Eso era evidente por la hora en que se decidió la operación. Usar francotirador —uno, dos o los que fueran— no es un tema que se improvisa, lo ilustró su equipo: conlleva logística, estudio; implica elementos calificados, locaciones, gente que informa o guía desde la calle. No es igual a unos malandros con escopetas desde una terraza. O a un tipo con un fusil caminando por la calle. Lo que se dispuso —y se filtró— indicaba que era un operativo planificado, parte de una estrategia. Y la autorización tenía que haberse dado al más alto nivel, ni su equipo ni él lo dudaban. Porque era algo que había caracterizado al gobierno hasta entonces: las decisiones se tomaban al más alto nivel. Todas.

La gente del departamento de Seguridad mencionó varias ubicaciones: azoteas del Ministerio del Interior, Ministerio de Relaciones Exteriores, edificio La Nacional, terrazas de edificaciones más bajas, un hotel… Con esa información en la cabeza, buscó llamar la atención de líderes emblemáticos para ver si se torcían los planes, si se lograba salvar vidas, porque cuando se habla de un francotirador se habla de objetivos específicos, le dijeron, y esos objetivos tenían que ser los líderes. “Un francotirador, con una buena mira telescópica, puede fácilmente identificar su objetivo con trescientos o cuatrocientos metros de distancia”, le aseguró el gerente del área.

Lo que se avizoraba era muy malo. Por eso soltó un suspiro cuando Juan Santana atendió.

Lo que no sabía él, y mucho menos Santana, es que para entonces ya el director general del Ministerio de Defensa estaba al tanto de una información parecida. A las ocho y media de la mañana, un general se lo había confiado. ¿De dónde venía la orden? El dato no trascendió. Según declaración del general Néstor González González —que no fue desmentida—, por “fuentes confiables” se habrían enterado de que colocarían “elementos armados” en la ruta de una inminente movilización popular. No mencionó “francotiradores”, pero sí hombres con armas dispuestos en la vía por la que transitarían manifestantes. Poco después de las once, cuando la marcha opositora a Miraflores era prácticamente un hecho, también lo sabía el director de la Policía política, y para la una de la tarde, una hora antes del comunicado del Alto Mando leído en TV, la especie habría llegado al escritorio del inspector general de la FAN —si es que para el momento le era desconocida—. Por lo menos desde esa hora en adelante, a él no debía resultarle desconocida esa información; un general le habría notificado. La lógica indicaba que un asunto tan delicado deberían haberlo tratado con el presidente y también con el ministro de Defensa, que a esa hora estaba ahí mismo en Fuerte Tiuna, casi al lado de él, y debía —debían— actuar en consecuencia. Pero lo que sucedió en las siguientes horas echa por tierra esa hipótesis y cualquier lógica. El inspector y el ministro obviaron el informe vaya a saber por qué razones o intenciones.Solo queda llenar los espacios en blanco que dejaron, solo resta elucubrar.Una tesis benigna llevaría a pensar que a lo mejor desestimaron la información porque desestimaban al mensajero: no era creíble o no era “revolucionario”. Otra tesis —más venenosa— se decanta por pensar que Lucas Rincón hizo el paripé de tomar nota y hasta ahí llegó, porque ni para él ni para Rangel el reporte constituía novedad. Esto explicaría el rechazo a las peticiones del almirante Carrero y los generales Rosendo y Vásquez Velazco para que retiraran a los Círculos Bolivarianos de Miraflores, y ayudaría a explicar la llamada y las palabras de José Vicente Rangel con Freddy Bernal a primera hora de la tarde: “Nuestra gente debe estar armada con piedras, palos y cuchillos…”. No solo para convocarlos o para amedrentar a los marchistas. Rangel, en 2001, había defendido la creación de los Círculos Bolivarianos con el argumento de que eran los encargados de “defender” la revolución, pero aun con esa historia atrás resulta enrevesado tratar de encuadrar esa conversación con la conducta y el perfil de un titular de la cartera castrense. El hecho de que en esos momentos el ministro de Defensa demandara el despliegue de civiles en vez de uniformados, y lo hiciera en esos términos, rompía el molde. Rangel habló a unos cuantos metros del inspector general de la Fuerza Armada, y no pareció preocuparle ese detalle. Y Rangel habló con el alcalde del municipio Libertador, no con el comandante de la Guardia Nacional, el comandante del Ejército o el jefe de la Casa Militar. Literalmente se refirió a “nuestra gente”. ¿Qué gente en común tenían José Vicente Rangel, Freddy Bernal y, por extensión —u omisión— Lucas Rincón Romero? ¿Quiénes eran “los nuestros”? ¿Los Círculos? ¿Dónde dejaban a la FAN? ¿Y dónde, al general en jefe?

Yo no tengo conocimiento de dónde estaban los francotiradores ni cuántos eran ni a qué hora se vio ni qué armas usaban (…)
Si nosotros hubiésemos tenido la información o los organismos de seguridad del Estado, de la presencia de que iba a haber francotiradores, tenga la plena seguridad [de] que se hubiesen tomado las medidas pertinentes.
(General en jefe Lucas Rincón Romero, Interpelación en Asamblea Nacional, 4 de mayo de 2002.)

Ya a eso de las doce del día, la Policía Metropolitana se había visto obligada a desviar hombres hacia la UCV: de diez a doce encapuchados (cubrían sus rostros para evitar identificación), con revólveres y fusiles livianos, quemaban vehículos y disparaban en el cruce con la plaza Las Tres Gracias. Después de un rato y dos lesionados —uno civil, otro policía—, las lacrimógenas y los perdigones neutralizaron a los agresores, que se refugiaron en la universidad y tomaron hacia el otro extremo del recinto, divididos en dos grupos: uno a la puerta que lleva al distribuidor Plaza Venezuela, sobre la autopista Francisco Fajardo, y otro hacia el gimnasio olímpico, que también tiene vista a la autopista. A eso de la una de la tarde, dos manifestantes habían sido heridos de bala en su tránsito por Bello Monte. La Policía levanta una barrera en las inmediaciones de El Rosal pero, al poco, otro ramal —impertérrito— siguió por la Fajardo.

Si nosotros [en la Policía Metropolitana] hubiéramos tenido el helicóptero… quizás nos hubiéramos dado cuenta de los francotiradores o de los que estaban disparando en la Universidad Central, porque allí fue donde comenzó todo. No comenzó en el centro de Caracas, fue en la Universidad Central.
(Comisario Henry Vivas, Interpelación en la Asamblea Nacional, 9 de mayo de 2002)

Cuando Juan Santana cerró la llamada comprendió que debía hacer algo. “No podemos dejar esto así”. En voz alta hace un esfuerzo para retener las localizaciones que le dieron. “Hotel ¿Edén?, ¿dónde queda?; techos del edificio…”. Despachó a casa a sus hijas más pequeñas y el resto de la familia lo acompañó. Tomó el carro. Debía apresurarse. Remontó cerros, recorrió calles alternas para adelantarse a la manifestación. “Mi idea era tratar de alcanzar la cabeza de la marcha, y decirles por lo menos lo que a mí me habían dicho: que había francotiradores”.

Dos horas después, luego de un gran rodeo logró llegar a Los Caobos. Decidió aparcar y continuar a pie. Para entonces, ya la marcha tenía rato en el centro de Caracas.