En octubre volví al consultorio y pude constatar lo que todo el mundo me había dicho: que la gente andaba por la calle como si la pandemia no hubiera sucedido y no estuviera aún activa en muchas partes, llevando la mascarilla en los cuellos que se ajustaban en boca y nariz sólo cuando pasaban por un puesto policial o cuando se las exigían para entrar a los comercios. Y no sólo actuaba así la mayoría de la gente con necesidad de salir a trabajar, sino gente que sólo paseaba o iba sus lugares de siempre.

Cuando llegó diciembre ya había pasado por la lectura y relectura de muchos latinoamericanos y ahora estaba con Borges. Así me reencontré con aquellas conversaciones de Sábato y Borges publicadas por Emecé en 1976 y reeditadas en 1996. Dicen cosas sorprendentes que, desde luego, no recordaba. En la última entrada del año en mi diario, el 22 de diciembre de 2020, registré las que me parecieron más fascinantes, para no olvidarlas tan rápido de nuevo.

Borges se define no creyente (Sábato, en cambio, se declara agnóstico). Y agrega Borges que Dios es la mayor invención de la literatura fantástica, pues se trata de un ser absolutamente perfecto del que todo depende y que todo lo ve y contabiliza, una idea que deja pálido a las de H.G. Wells y otros. Desde luego, la obra cumbre de la literatura fantástica es la Biblia, concluye. Borges también afirma que Argentina es el país que más literatura fantástica produce pero una nunca sabe si JLB si se está refiriendo sólo a América Latina o al mundo o a los autores que él ha leído, porque declara que no lee a sus contemporáneos, así como no conoce más que cuatro barrios de Buenos Aires (nunca ha ido a Boca, dice).

Tampoco cree que pueda hablarse de unidad de Latinoamérica porque él no puede imaginarse uruguayo o colombiano. Borges afirma que aprueba el suicidio y pone el caso de su padre, que se dejó morir, y el de su abuelo, que se hizo matar. En cambio, Sábato rechaza el suicidio como un acto egoísta y criminal: por no matar a otros, se mata y no le importa el dolor que causa, lo cual podría considerarse en algunos casos como una venganza.

Durante muchas semanas me quedé pensando en estas afirmaciones sobre Dios y los suicidas, de uno y otro. Me impactaron tanto como las confesiones de San Agustín, en mayo, y la carta a Filotea de Sor Juana, en noviembre. Lecturas que te hacen sentir que sólo por haberte topado con ellas valdría la pena vivir y que sólo por ellas un confinamiento no resulta tan paralizante como para quien no es lector o cinéfilo. Pensándolo mejor, creo incluso que es bueno que no se recuerde lo ya leído o visto, porque así se puede recuperar después el asombro de la primera vez, aunque –como decía al comenzar--de otra manera.

Voy concluyendo porque estoy llegando al máximo de 3 mil palabras y, además, ya concluí el año 2020 ¿Cuándo volví a leer una memoria, un diario, una carta o una autobiografía? Me sorprende la respuesta que encuentro en el diario: nunca pasó en 2021 ¿Por qué sería? 2021 fue el año de la lenta recuperación de las actividades del movimiento analítico (por zoom pero en diversos países, muchos eventos), de las universidades y del activismo de las feministas venezolanas puntualmente unidas (una rareza desde 1999), ahora movilizadas por la esperanza de que la Asamblea Nacional aprobara la despenalización del aborto, que había sido aprobada el 31-12-2020 en Argentina, en plena pandemia. Eso fue lo que me mantuvo ocupada el año 21. Y el cine, como siempre. Cine en casa, como hace mucho. Me lo recuerda el diario.